Texto por
>> Carlos Pachuck

Regreso de la casa de Janine luego de una larga entrevista donde dialogamos acerca de su historia; nos resulta sencillo establecer un clima cordial y afectivo de trabajo pero no exento de rigor, fruto de una relación profesional y amistosa que conlleva un cuarto de siglo. Sin embargo sucede que en un nuevo coloquio asoman aspectos siempre diferentes, que aportan otros elementos para conocer al ser humano que hay detrás del personaje científico.

Me interrogo entonces, ¿quién es Janine, además de psicoanalista?
¿Qué aspectos de su vida incidieron en sus teorías y sus prácticas? Quitar el velo secreto sobre las crónicas personales de los psicoanalistas y comprender las vivencias que influyeron sobre sus conceptos es una manera de evitar un comentario idealizado de la autora, que no corresponde a mi estilo ni tampoco reflejaría su espíritu.

Retorno a la pregunta desde otras disciplinas. ¿Cómo fue construyendo su arqueología del saber entre el enunciado y lo visible? Me refiero al devenir del decir y del mirar; ¿cómo fue la genealogía de sus relaciones de poder con las instituciones?, si lo sugerimos en términos foulcaultianos.

Hay personas que tienen una existencia ordenada donde las cosas del mundo son accesibles y resulta fácil la vida y la producción. No es el caso de Janine, que llega sin nada, a pura intemperie, geográfica, simbólica y económica: “yo nunca tuve algo armado, y nunca estuve del todo incorporada a una institución”. Proviene de una doble pertenencia a dos continentes, metáfora de una elección conceptual que llamaría teorización en movimiento incesante. Lo paradojal es que la discontinuidad de su vida propició una continua producción siempre en diferencia de lo anterior.

Su obra transmite algo existencial en el sentido sartreano, es decir, la libertad del “somos lo que hacemos”, pero también una apertura a la infinita otredad del ser humano y una particular facilidad para generar preguntas que cuestionan aquello dado por natural o instituido.

En su familia hubo muchas historias traumáticas, a saber: Francia y la guerra, el accidente donde -de niña- perdió a su madre, el traslado a un país desconocido, la Argentina, la muerte allí de su joven hermana mayor, etc.

Me pregunto cuánto influyó la situación de emigrada en su interés por los grupos, que fue muy temprano y simultáneo con su formación como psicoanalista. Las experiencias vitales generaron quiebres entre pasado y presente, un tema que luego trabajó mucho, igual que la relación entre representación y presentación. Cuando empezó con los grupos terapéuticos le sorprendía que en la entrevista individual el paciente contara algunas cosas y después, en el conjunto, se comportaba de otra manera; es posible que la hipótesis de “los tres espacios” haya surgido de esa diferencia.

Sucede con los seres humanos que, si están despojados de creencias religiosas, llega un instante donde renuncian a las garantías absolutas y aspiran a trascender fronteras prefijadas, entonces es posible relativizar el sentimiento de pertenencia. Para nuestra autora el punto de partida fue el opuesto, al carecer de una historia infantil argentina; las personas que fue conociendo tenían recuerdos de la escuela y ella ninguno, resultaba difícil establecer vínculos con tanta asimetría, esto generaba un malestar que era necesario atravesar.

El destino o el azar jugaron a su favor. Imaginemos aquella francesa veinteañera ingresando en una fábrica de sueños e ideales, tal como eran aquellas instituciones transgresoras para la época: la clínica de Pichón-Riviére, por donde circulaban los personajes más interesantes y creativos del mundo psicoanalítico y artístico, y luego la Asociación Psicoanalítica Argentina APA y la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo AAPPdeG, que fueron los paraísos que le dieron otros ámbitos de pertenencia y produjeron otra Janine. Experiencias que luego teorizó al señalar que el contexto social va moldeando y generando un sujeto diferente, transformando los cortes, lo que era traumático; lo que para otro pudiese ser un “me quedé sin historia”, o bien “sólo repito la historia”, para Janine fue una oportunidad.

Había una coherencia lógica entre permanecer entre dos países y en lo institucional, ser oficial y rupturista a la vez; por un lado buscaba institucionalizarse en APA, donde obtuvo el título de didacta, por otro participó en la creación de la AAPPdeG en 1954, junto a figuras de mucha fuerza, poder creativo y coraje que marcaron huellas en su accionar posterior, como Enrique Pichón-Rivière (cuya madre era francesa), Marie Langer, Emilio Rodrigué, Raúl Usandivaras, Alberto Fontana, Jorge Mom y Luisa Álvarez de Toledo, entre otros.

¿Por qué tanto interés en los grupos? Sucedía que APA, a la cual todos pertenecían en diferentes niveles, no podía contener ciertas preocupaciones por lo social, y esto generaba frustración y culpa en los innovadores. Querían, además, tener acceso a pacientes de otras clases sociales, aunque ello pudiera incluir la confusión de que el criterio económico determinara la elección del encuadre. Realizaban prácticas audaces apoyadas en el contexto grupal, surgiendo así las experiencias con ácido lisérgico, grupos operativos, grupos Balint, etc. Como era de imaginar, Janine participó como analista y paciente de estos tratamientos que luego derivaron en sesiones grupales prolongadas.

La encontramos a sus treinta años, en la época de la autodenominada Revolución Libertadora en la Argentina, en plena y cordial separación de su marido Diego García Reinoso, con el cual tuvo su único hijo –Pablo-; circunstancias personales que hoy son frecuentes, pero eran poco frecuentes en aquel contexto socio-cultural.
Regresaba en ocasiones propicias -el dinero no abundaba- a Francia, su tierra natal; visitas de corte familiar en su condición de “ciudadana”, lejos de la Janine profesional que sus parientes de origen desconocían. Sin embargo, tuvo la oportunidad de asistir a los seminarios que, en aquel entonces, brindaba un Jacques Lacan, encuentro que derivó en una cena compartida por esta curiosa joven devenida “sudamericana”, su primer esposo, también psicoanalista, y otros colegas junto al futuro célebre maestro.
Su vida profesional continúo en tres dimensiones adquiriendo un ritmo vertiginoso; elegida primera directora de la revista de la AAPPdeG, cursó los seminarios en APA en el período final en el que eran aceptados los no médicos y, también, prevenida, se graduó como médico años después.

En los setenta encontró su gran amor en Enrique Aisiks y le apostó nuevamente al matrimonio, que duró veintiséis años hasta su viudez. Construyeron una feliz pareja que alternaba viajes por el mundo y un sostenido crecimiento profesional -Enrique era un destacado ingeniero-. Mientras tanto los sucesos en su país de adopción conducían hacia una escalada de violencia y a la decadencia científico-cultural. Luego de la primavera camporista y las esperanzas que generó el retorno del líder Juan Perón, que falleció poco después, la Argentina quedó en manos de los militares que iniciaron una matanza indiscriminada, una crueldad sin límites que Janine y Renè Kaës plasmaron en un libro sobre violencia social y Estado.

La etapa de mayor producción y reconocimiento fueron los treinta años de trabajo con Isidoro Berenstein, ambos emigrados a la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires APdeBA , y fundadores de los departamentos de familia y pareja de la AAPPdeG, en paralelo con la formación interdisciplinaria mediante el grupo de epistemología liderado por Gregorio Klimovsky y el estudio de la historia junto al recordado Ignacio Lewkowicz.

En la evolución de su obra asistimos al pasaje de lo grupal al psicoanálisis de pareja (el período estructural), de allí a “las configuraciones vinculares”, y luego a “lo vincular”, su creación más original. Tránsitos que enriquecieron su otro lugar como psicoanalista individual.

En la extensa charla mencionada surgió en mi pensamiento este interrogante: ¿en cuáles momentos, o a través de qué hitos, Janine se transformó en Janine Puget, en el sentido profesional?

Primero recorrió una larga etapa de formación con fuertes identificaciones con diversos autores de corte kleiniano. La discontinuidad se manifestó al cuestionar estas dependencias teóricas hasta construir un perfil singular, para luego revisar sus propios conceptos mediante la libertad de abandonar ciertas ideas, transformar algunas y producir otras nuevas. Migrante de su propia teoría Janine engendra diferentes versiones de Janine, pasando del “objeto único” a la “ajenidad del otro”, como ya veremos.

Siempre un poco adentro y un poco afuera de las instituciones, sin dar nada por sentado, con un yo observador de lo que acontecía en cada ámbito al que pertenecía. Siempre tenía otro grupo al lado del psicoanálisis tradicional: la AAPPdeG, la Sociedad de Epistemología ADEP, los Médicos del Mundo o los Derechos Humanos APDH.

Presentó un trabajo en el 1er Congreso Internacional de Psicoterapia de Grupo (1957), donde realizó una pregunta que hizo marca: ¿de dónde surgen los modelos? Apuntaba a diferenciar las intervenciones a partir de los conceptos referenciales de cada autor, dando un contexto histórico a la interpretación, temas estos que observaba como profesora en los seminarios de formación de APA. De ahí surgieron varios escritos con Marie Langer acerca de los problemas metodológicos en la enseñanza del psicoanálisis.

En una primera época abordó los temas vinculares como una ampliación de las teorías existentes, más como modificaciones que como acontecimientos, pero en algún momento comenzó a sentir malestar; estos conceptos eran solipsistas, los tratamientos estaban centrados en la elección de objeto y en las identificaciones para luego burocratizarse, derivando en fracasos clínicos que sirvieron para reformular la teoría.

Desde entonces planteará que la realidad externa, y específicamente el otro y el conjunto social, tienen un status relevante en la teoría psicoanalítica.

Como integrante de dos instituciones, APA y AAPPdeG, tuvo que enfrentarse con dos encuadres diferentes, el individual y el grupal; eso le permitió formular hipótesis en ambos modelos y en la relación entre ellos, por ejemplo cuando un paciente le habla a otro integrante del grupo o en la terapia de pareja; intuía que algo diferente pasaba con la presencia del otro real, germen de las futuras concepciones sobre “efecto de presencia”.

Suele suceder que las personalidades nómades no conservan sus vínculos y las estables tienden hacia la burocratización de los mismos; en Janine es dable destacar la extraña combinación entre lo instituido y lo nuevo en su vida profesional. Al recordar el principio de permanencia y cambio de Piera Aulagnier, observo que Janine tuvo diferentes compañeros de ruta de diversas disciplinas y por varias décadas.

Veamos: como miembro fundadora de la AAPPdeG comienza en APA, en simultáneo, su etapa más institucional como didacta e integrante de la Comisión Directiva en la presidencia de Leonardo Wender, interlocutor válido con el cual se reunió durante veinte años para intercambiar ideas que culminaron en varios trabajos resonantes en la comunidad psicoanalítica: “Mundos superpuestos”, “Los análisis eternizados” y “El secreto y el secretear”. Como contrapunto con lo grupal y lo vincular, su trayectoria más tradicional atravesaba fronteras no tradicionales, al decir lo que pasaba en los análisis y en los consultorios celosamente custodiados.

Aunque no adhiere a las escisiones de Plataforma y Documento, finalmente se aleja de la institución madre hacia APdeBA (la nueva Asociación Psicoanalítica aceptada por la IPA) en 1979, pero no por razones ideológicas sino afectivas: “allí estaban todos nuestros amigos y nos convocaban”.

También integró ADEP, institución formada por cinco analistas y cinco filósofos, conducida por Gregorio Klimovsky durante cuatro décadas. Luego los ya citados treinta años de trabajo con Isidoro Berenstein, que derivaron en co-autorías de libros, direcciones científicas en AAPPdeG y en la maestría de IUSAM; además de la relación establecida por ambos con Ignacio Lewkowicz, alrededor de diez años hasta su desaparición.

La permanencia está marcada por una especie de rigor obsesivo y un compromiso en la tarea y en el tiempo con colegas mutuamente elegidos a partir de un fructífero encuentro. El cambio manifestado por el movimiento continuo de ideas, instituciones y grupos de pertenencia -que existían casi siempre en paralelo- señalaban en Janine, parafraseando a Julia Kristeva, más un deseo por saber que una necesidad de pertenecer.

En las crisis institucionales nuestra autora actúa con cintura diplomática, sin caer en fanatismos ni idealizaciones, y dice en un reportaje: “la política no es mala palabra, forma parte de la vida de las instituciones”. De allí que conceptualizará los juegos de poder en las instituciones, plasmado en la época de la escisión APA-APdeBA, en el citado trabajo con Leonardo Wender titulado “Mundos superpuestos entre paciente y analista”. Si bien eran cuestiones ligadas a funcionamientos narcisistas relacionados con la pertenencia institucional, que no eran posibles captar desde la contratransferencia, en un sentido más amplio habilitaba para pensar el tipo de perturbación en la mente del analista cuando algún elemento o contenido manifiesto del paciente tenía resonancia con su problemática personal. Años después Janine dirá que la autocensura impidió elaborar el contexto socio-político en que se hallaban inmersos los autores y todos los argentinos en plena dictadura genocida.

Este es el comienzo de la teoría del analista como sujeto que devendrá, años después, en una polémica, nunca realizada, con la escuela lacaniana, en cuya propuesta el terapeuta sólo está en calidad de objeto, pues estos consideran que no existe intersubjetividad en el vínculo psicoanalítico.

Aunque coincide con Jacques Lacan, respecto a la importancia del Otro en la constitución del psiquismo, para Janine el vínculo madre-infans, si bien tiene aspectos asimétricos, descritos por todos los autores, incluye también los simétricos, donde ambos polos instauran una relación inédita, lo cual da al vínculo un status diferente. Recordemos la viñeta de Quino, cuando la madre le dice a Mafalda: “el día que naciste nos recibimos juntas”.

El planteo kleiniano -donde Janine se formó-, alude desde el comienzo a un yo primitivo y a un Edipo temprano que arma el mundo interno para luego establecer el vínculo; esto tiene una base endógena y kantiana (lo pulsional es la cosa en sí y el objeto es construido por el yo). Mientras que en el enfoque lacaniano el sujeto se constituye desde afuera por el Otro, que también introduce la pulsión a partir de cierta disposición orgánica del cachorro humano. Nuestra autora se va diferenciando de ambas posiciones dando lugar a una concepción novedosa de lo vincular y del origen del psiquismo.

En la etapa más cercana al estructuralismo, que coincide con los primeros escritos con Isidoro Berenstein, plantea que el sujeto humano tiende a la unificación y el trabajo del aparato psíquico es de síntesis. Ello conlleva a sostener sentimientos de ilusión que en los vínculos teorizó con el “objeto único” (una nueva interpretación del narcisismo). Esta hipótesis explica la tendencia a la monogamia, al enamoramiento, a la fantasía de compartirlo todo y a la transferencia sobre el analista. Desde otra concepción apuntaba, también, a sostener el campo de lo imaginario, tan denostado entonces como simple señuelo para anular la castración.
En ese período propuso con Isidoro la noción de “inconsciente vincular”, que agrega a las representaciones el concepto estructural de posición, lugar y función y de las relaciones entre los sujetos que componen el vínculo, resultado de la conjunción de la necesidad pulsional y el mandato cultural. En esta combinación entre dos o más yoes -que luego devendrá en sujeto- surge el análisis de estas entidades teóricas denominadas pareja y familia. Las premisas de la regla fundamental que se mantienen son la abstinencia, la asociación libre, la interpretación, el eje transferencial-contratransferencial y los funcionamientos inconscientes que son característicos de lo vincular, como la cadena asociativa vincular y grupal, los acuerdos inconscientes, la transferencia vincular, etc.

Cada encuadre es generado por la búsqueda de la mayor eficacia terapéutica, pero esto muchas veces se observa a posteriori. En realidad, en cada encuadre se consiguen distintos efectos terapéuticos. Ello tiene como consecuencia reformular la teoría de la transferencia, en donde no todo es transferible en cualquier dispositivo, no habiendo posibilidad de desplegar determinadas transferencias cuando el encuadre no es el adecuado, ubicando en la reflexión los modos en que pudiesen generarse determinadas condiciones. Al rescate de una de las funciones del “objeto único” -luego caído en la teoría- el analista ejerce la indicación.

Simultáneamente sigue escribiendo acerca de la problemática del análisis de pareja, quizás su etapa más estructural. Postula que la pareja matrimonial es el paradigma de la realización del “objeto-pareja”: “una entidad que supone una fusión de identidades, una representación de totalidad, un vínculo estable”. Presenta una tendencia a la complementariedad que deriva en la reactivación del “objeto único” como contrapartida del desamparo originario por la triple dependencia afectiva, sexual y económica-social (ideas que recuerdan la epistemología convergente de la enfermedad única del maestro Pichón-Rivière y cercanas a las modalidades de dependencia con los objetos de Donald Fairbain). Puget considera que la pareja se construye por identificaciones con modelos parentales directos o reactivos, y en correlato con la Estructura Familiar Inconsciente desarrollada por Isidoro Berenstein, alienta cierto determinismo en la hegemonía de las familias de origen. Conduce entonces una tendencia a la repetición y recién asoma, a través del proyecto vital, la posibilidad de crear un modelo propio, “en el mejor de los casos”. En este período conceptual el análisis de pareja estaría más centrado en elaborar la elección de objeto y no en el devenir. Entiende como síntomas característicos de la pareja el reproche y el malentendido, ambos relacionados con el “objeto único”. El reproche ocurre porque aparece el aspecto desconocido del otro -que luego adquirirá mayor importancia como ajenidad- y el malentendido, equivalente al lapsus en la terapia individual, porque sostiene la ilusión de ser para el otro el “objeto único” dador de significados. En el libro El grupo y sus configuraciones, de 1984, en coautoría con Marcos Bernard, Esther Romano y Gladys Games Chávez, el “objeto único”, que surgió del estudio de las parejas, se transformó en el monopolista grupal, que está fusionado con todo el grupo y tiene un discurso narcisista e interminable. Al mismo tiempo que extiende el concepto anterior, este libro preanuncia la ruptura con el estructuralismo a partir de las configuraciones vinculares, donde se trata de una estructura en movimiento que reúne la noción de figuración, conservando algo de la representatividad de lo grupal, lo que permitió ir pensando la constitución subjetiva en el devenir.

En esos años ocurrió también la renovación de la AAPPdeG y su reencuentro con Isidoro Berenstein -habían tenido una larga relación epistolar cuando Isidoro residía en Israel-, creando los mencionados Departamentos de Familia y Pareja en dicha Asociación, que adquirieron una rápida fama en la comunidad “psi” de Buenos Aires y luego en Montevideo, Córdoba, Mendoza, San Pablo, donde germinaron filiales. Momentos felices que coincidieron con el título de abuela de dos nietos varones.

Pudo conocer a Didier Anzieu y Piera Aulagnier cuando ya era Janine Puget y sus viajes a Europa y Latinoamérica respondían a invitaciones para dictar conferencias. En esa época redactó el citado libro Violencia de Estado y psicoanálisis” con René Käes, presentado en el Congreso de Zagreb en 1986, donde trataron de explicar cómo fue posible que en el país más culto y “europeo” de Sudamérica, con una vasta clase media, se produjera el horror de la ESMA. (Al escribir estas páginas es dable señalar que el 26 de octubre del 2011 en un fallo histórico y de repercusión mundial se dictó la sentencia a cadena perpetua de once represores del centro de exterminio de la Marina).

A partir de entonces integró un grupo con Elizabeth Tabak de Bianchedi, Marilú Pelento y Julia Braun para trabajar la problemática de la violencia social, la corrupción y su incidencia en el dispositivo analítico, obteniendo un fuerte reconocimiento luego del retorno de la democracia durante la presidencia de Raúl Alfonsín, expresado en los congresos psicoanalíticos multitudinarios que se celebraron a mediados de los ochenta.

Si tuviera que definir la conducta social de Janine en estos episodios utilizaría el término foulcaultiano de resistencia, suerte de pliegue que permite otras formas de subjetivación entre las relaciones de poder y los procesos de identificación y codificación. El sí-mismo de nuestra autora se fue desplegando gradual y parcialmente con su compromiso en distintas organizaciones de Derechos Humanos y Médicos del Mundo.

Cerrando el siglo XX comienza el giro más significativo en la teoría de Janine; desde fines de los noventa desplazó la potencia del vínculo como conector o ligadura hacia la ajenidad y la alteridad. Al igual que Freud, con el giro que orientó su mirada hacia la pulsión de muerte, y Lacan, cuando el “objeto a” se le hizo evidente, Janine Puget, al igual que sus predecesores, mudó el entusiasmo iluminista por un cierto escepticismo, de Eros a Tánatos, de lo simbólico a lo real, del objeto único a la ajenidad; la dura realidad de la vida y la clínica produjo efectos en las teorías.

A diferencia de Isidoro Berenstein, para Janine la base vincular fue la especificidad de la clínica de parejas, mientras que su relación con los grupos terapéuticos fue perdiendo importancia.
En la nueva concepción de “lo vincular” era importante diferenciar lo que corresponde al Uno de lo que corresponde al Dos, discerniendo con claridad lo que Isidoro y Janine llamaron “efectos de presencia”. Ya algo había surgido con el “otro pensado”, noción de Piera Aulagnier transformada hacia lo vincular en la búsqueda de superar los obstáculos generados al formular las relaciones exclusivamente en términos de identificaciones proyectivas e introyectivas. La consistente formación kleiniana comenzó a resultar iatrogénica.

Rescatando el hallazgo del significante “configuraciones” se fue delineando el concepto de vínculo, y allí surgió “configuraciones vinculares”, que comenzó tímidamente hasta adquirir un status propio como relevo teórico del estructuralismo. Nace otro concepto de vínculo incluido en una lógica propia y superpuesta a la lógica del Uno, atendiendo la idea de “lo vincular” como creación permanente, la superposición de los espacios de constitución subjetiva entre lo singular y lo vincular y los problemas que traen las lógicas heterólogas. Ambos autores fueron postulando la existencia de cada lógica con su metapsicología, en la cual transferencia e interferencia ocupan cada uno su lugar; el Uno y el Dos se manifiestan respectivamente en: ausencia y presencia, representación y presentación, determinismo y azar, yo-sujeto y objeto-otro.

En el pasaje entre los libros escritos en coautoría Psicoanálisis de la pareja matrimonial, de 1988, y Lo vincular, de 1997, Janine e Isidoro producen un verdadero nomadismo teórico, consistente en detectar nuevas categorías y buscar la especificidad de cada espacio de subjetivación, naciendo así los famosos “tres espacios”, junto al traslado de la noción de objeto a sujeto. Inmersos en la epistemología de la complejidad cuestionaron la hegemonía del tiempo cronológico, incluyendo la temporalidad aiónica -el instante del puro presente que abre a infinitas bifurcaciones y pone en juego la subjetividad del fluir de la vida-, el principio de incertidumbre y la capacidad de elegir sin historia previa -cuya relación con el pasado infantil se re-escribe desde el presente-.Dos historias que coexisten en conflicto: la familiar de Cronos y la inédita de Aión. Por este camino los eventos sociales y políticos tienen un lugar en la teoría y en la clínica sin considerarlos una extensión de los procesos internos. La incorporación del vínculo social en la metapsicología psicoanalítica, que en Europa veían como propio de la inestabilidad latinoamericana, resurge ahora con la crisis del neoliberalismo que los afecta y quizás habilite a pensar de otra manera ¿Aceptarán lo ajeno, lo diferente, en sus países? Ya no pueden decir que no es incumbencia del psicoanálisis, tendrán que revisar su inserción social.Desde mi perspectiva entiendo que, más allá de las cuestiones económicas, a nivel cultural el yo no puede metabolizar la diferencia entre representación y presentación, por eso frente a eventos imprevistos no hay reacción ni otra estrategia como sucedió en Alemania en 1933 y en Argentina en 1976. Entre lo que se evoca y lo actual no existe armonía ni coincidencia, esto se registra como “efecto de presencia”, o al decir de Foulcault, remite a la capacidad de afectar que descoloca al otro en las relaciones de poder planteadas como verbo.Se trata de diferenciar la interpretación, en tanto esta otorga significados, de la intervención que interfiere en la mente del otro; el analista no es objeto originario del falso enlace freudiano, sino que es otro que entiende de otra manera.Esta renovación del psicoanálisis vincular ha impedido que se cumpla aquella predicción de Marie Langer que anticipaba que en el año 2000 los únicos analizados serían los futuros analistas.

Llegado el nuevo siglo Janine se afirma en APdeBA, y con el nacimiento de IUSAM (primera experiencia de instalar un Instituto Universitario en una Asociación Psicoanalítica), se convierte en Co-Directora de la Maestría de Familia y Pareja junto al recientemente fallecido Isidoro Berenstein, tarea que desempeña en la actualidad.El tema de la transmisión de conocimientos en los vínculos, en la mente del paciente y en las generaciones de analistas, recorrió permanentemente su trabajo en la enseñanza en diferentes instituciones y en los seminarios que dictaba en diversos países de Europa y América que le permitieron investigar la dimensión cultural en la manera de pensar el psicoanálisis. Con todos estos elementos podemos ubicar a nuestra autora como maestra de escuela psicoanalítica en sus dos dimensiones: clásica e innovadora.

En el primer caso dirige un transcurrir formal en la Maestría, supervisado por la CONEAU, donde cada alumno debe presentar una tesis para diplomarse. Como investigadora y creadora de conceptos originales a partir de su enseñanza germinaron múltiples discípulos y líneas de trabajo en las instituciones y en los grupos privados. Sus últimas nociones sobre la subjetividad, a partir de “la diferencia pura” y “el principio de incertidumbre”, constituyen un mensaje hacia las nuevas generaciones de psicoanalistas para que se identifiquen con el espíritu de su obra y no con la letra, como sucede lamentablemente con todos los “ismos” que devienen en guardianes de la ortodoxia. En ese sentido Janine evitó el “pugetismo”.

Coherente con estas ideas y con su teoría de “los tres espacios”, que significó un cambio en la metapsicología vincular, introdujo la cuestión de las representaciones sociales en cada congreso de la IPA: “ahora es muy común que existan estas mesas, pero a nosotros al principio nos ponían fuera de hora”. Esto define un rasgo vigente en todos sus actos: el coraje para enfrentar los conflictos que la vida presenta.

Resulta difícil criticar a una autora migrante y discontinua como Janine porque muchas de sus ideas fueron cuestionadas por ella misma.

Todas las objeciones al estructuralismo respecto al fuerte determinismo y la ausencia de sujeto en la teoría, que recuerdan las primeras etapas del psicoanálisis grupal, donde se interpretaba solo al grupo, fueron revisadas por Janine e Isidoro, quienes barrieron los restos de iluminismo y modernidad que albergaban sus concepciones.

Luego hay una apuesta a la complejidad, al devenir y el nuevo motor del vínculo pasa a ser la diferencia pura y la incertidumbre. Algunos autores lacanianos han discutido sobre el peso de la compulsión a la repetición y el goce frente a la novedad y conciben la constitución del fantasma como algo estructural. Para ellos lo original en el vínculo consiste en el cruce de fantasmas singulares, que asoma al azar del encuentro, pero se instala sobre el determinismo de la repetición; hay algo en la teoría lacaniana ligada a la esencia, pues el fantasma -en los neuróticos- tiene un rasgo de substancia; se trata del hallazgo de objeto -dicho ahora en términos freudianos- o, desde J. Lacan, un puro real recubierto por lo imaginario, en el que cada quien encuentre en la vida cómo ingresar en el fantasma del otro que no es un otro cualquiera.

Para Janine (y en este punto coincidimos) el vínculo propaga un devenir fantasmático, es decir, se genera un fantasma inédito que antes no existía como producción vincular, y donde la repetición esta desplazada de su lugar central.

Recuerdo una frase suya en un reportaje que hicimos hace unos años: “el vínculo es la destrucción del mapa”. Hoy la matizaría un poco, pensando en una ciudad como Roma, que es arqueológicamente infinita (en cada excavación aparece una ruina debajo de otra), pero en donde la arquitectura cotidiana es continuamente variable, diferente y única. Habilita meditar sobre la relación entre la fuerza de lo arcaico y la potencia de lo nuevo. Entonces le pregunté: ¿y el mapa no aporta nada a ese encuentro? Me contesta algo cercano a mi planteo actual sobre Roma pero sin conocerlo: “Aporta un trabajo sobre la no coincidencia. Habrá que ir destruyendo el mapa o tan solo compararlo. Una cosa es pensar que el individuo llega con ese mapa y yo tengo que recoger ese mapa, pues va a agregar significado a la modalidad vincular. Otra cosa es pensar que para instituirse sujeto de esa situación tiene que deshacerse del fuerte valor significativo de ese mapa, poder encontrar otros significados a otros mapas y luego cotejar y revisar. ¿Cómo pienso ahora las sesiones? Cuando el mapa constituía la situación, pedía antecedentes, quería datos, ahora que el paciente tiene que salir del mapa, o por lo menos correrlo de su lugar hegemónico, ya no pido datos, cuando vienen los recibo de otra manera y no son determinantes de la situación sino relatos que agregan. Me parece que ese es un cambio muy grande”.

Abandono Roma y entiendo otra cosa: con este ejemplo tan sencillo Janine me cuenta que transforma la forma de conceptualizar para lograr una clínica diferente, entonces me olvido de la teórica. Su punto de partida es la presencia del paciente y desde allí va pensando. Me interrogo si ese es mi proceder.

Otro sector muy cuestionado de su obra fue la heterodoxa combinación de pensamientos del psicoanálisis con otros provenientes de la filosofía, la historia o la antropología. Estos conceptos, al igual que las nociones de “lo vincular”, fueron poco aceptados por la comunidad psicoanalítica. Toda vez que el pensamiento de otras disciplinas interviene el psicoanálisis, abriendo espacios y nominaciones, da lugar a la necesidad de un trabajo sobre la novedad y la reorganización de las ideas.

Janine sigue el recorrido interdisciplinario que había realizado Jacques Lacan en oposición a Melanie Klein y al mismo Sigmund Freud, quien desdeñaba la filosofía y resultó un formidable exportador de conceptos hacia otras disciplinas: a la antropología, con Tótem y tabú, en El porvenir de una ilusión lo hace a la religión y en Psicología de las masas y análisis del yo a la sociología. Un interlocutor privilegiado como Rene Käes, en la búsqueda de legitimidad y reconocimiento del psicoanálisis grupal, prefirió desarrollar una metapsicología de los vínculos desde la ortodoxia intradisciplinaria del psicoanálisis de raigambre freudiana cruzada con la escuela inglesa y los poslacanianos franceses -principalmente Piera Aulagnier-. Podemos incluir en esta perspectiva a Marcos Bernard.

Las disciplinas serían espacios con borde, y en dichas orillas acontecen intercambios, hay zonas más cerradas o más abiertas, que no están disciplinadas. Los movimientos de “comercio” conceptual suponen posibilidades tanto de ingresos como de egresos del conocer. En J. Lacan hay importación de conceptos filosóficos de G. W. Hegel, de Martin Heidegger y de Platón, que el autor incorpora, transformándolos, haciéndolos jugar en el contexto de significación de su propia teoría.

Se trata entonces de dos caminos:
1) Hacer correlatos entre disciplinas, por ejemplo: el instante nieztcheano o el “ser ahí” de M. Heidegger resultan equivalentes a la aparición de los sujetos múltiples opuestos a la subjetividad identitaria en la teoría vincular.
2) O bien como mencioné en S. Freud y J. Lacan, transportar nociones filosóficas para transformarlas en el campo del psicoanálisis, pero en este caso surgen otros problemas: el relativismo, los saltos de nivel y las confusiones que este traslado puede producir.
Entonces la discusión versa sobre el lugar de las nuevas ideas en el conjunto del corpus psicoanalítico y sobre su aplicación clínica. Quizás en un primer momento por acentuar la novedad del Dos, la presentación, o los “efectos de presencia”, dio la impresión de un abandono del Uno, espacio privilegiado en el psicoanálisis clásico. Esta observación de varios colegas -entre los que me incluyo- permitió un replanteo en nuestra autora donde deconstruir no significa eliminar, sino armar el modelo de otra manera. Con las lógicas heterólogas, el Edipo y la representación pierden la centralidad en la teoría, pero permanecen en la misma bajo la lógica del Uno.

Sucede a menudo que las ideas nuevas generen, en un comienzo, cierto malestar, pongamos como ejemplo la reformulación de la vivencia de desamparo como estado vincular donde ambos miembros desconocen la presencia real del otro, escena temida de una soledad acompañada. O bien aquella otra manera de entender la falta fundante a partir de la paradoja de la situación traumática originaria: no poder elegir y tener que elegir cómo pertenecer, ser del otro y no ser del otro. Esto significa que el bebé ocupa su lugar con eficacia en la familia de un modo propio -eficacia quiere decir dotado de la capacidad de hacer suyo ese lugar y proponerse como uno de los polos del vínculo-.

¿La falta fundante no es la condición inicial? Retorna aquí una vieja polémica del deseo como falta (S. Freud, J. Lacan) o el deseo como producción (G. Deleuze). Janine elude esta disyuntiva partiendo de las lógicas heterólogas del Uno -falta- y el Dos -producción-.
Desde la técnica de la neutralidad del analista resultó bastante criticada la nueva versión de la transferencia como interferencia, asociada a otra idea también cuestionada, la de la otredad del analista, idea que pregona que el analista es para el paciente un objeto de transferencia y también un sujeto que interfiere.

Un tema a discutir y cuya posición no comparto es la sexualidad en el vínculo. A mi criterio Janine se acerca al planteo lacaniano que reza “no hay relación sexual”, al colocar la pulsión del lado del sujeto en la lógica del Uno, ligado al poder como sustantivo, es decir, a la dominación adscripta a la pulsión. Desde mi perspectiva la pulsión también es verbo o un hacer entre dos; la capacidad de afectar o poder la observo en la clínica de parejas o en aquella novela en la que Henry Miller hace decir a su personaje: “después de conocer a Mona mi sexualidad y la suya cambiaron completamente…” (Trópico de Cáncer).

El intercambio de zonas de goce genera nuevos placeres que no están inscritos antes de ese vínculo. Remito a una nueva pregunta: ¿lo “uniano”, que es el rasgo que marca el goce irreductible de cada uno, y es lo más singular del sujeto en términos de la pulsión, puede derivar a lo múltiple a través del vínculo? Esto abarca una cuestión más profunda: ¿cuál es la relación entre las lógicas heterólogas? Janine, que se opone a las articulaciones, deja sin embargo pocas indicaciones al respecto. Surgen varios interrogantes: ¿qué pasa con el mapa singular cuando el grafismo vincular concluye?, estoy utilizando mis palabras; ¿qué transformaciones se producen en el sujeto (Uno) luego de atravesar un vínculo (Dos) muy significativo?

En mi perspectiva planteo zonas de pasaje o puntos de contacto, por ejemplo: en la dinámica grupal preciso como “indicador subjetivo” lo que acontece cuando algo del discurso o la escena del conjunto impacta en la historia del sujeto, permitiendo al analista jugar en simultáneas con la interpretación que pasa del grupo al sujeto.

Asociado a este debate las definiciones de Janine acerca de las lógicas heterólogas, que están muy logradas en la diferencia temporal entre Cronos y Aión, requieren también una mayor precisión respecto al espacio. A mi entender, la lógica del Uno se encuentra en el “psiquismo espacial”, fronteras que tienen como eje lo corporal, en sintonía con la consigna freudiana que postula al yo como un representante del cuerpo, mientras que la lógica del Dos se ubica en lo que denomino “psiquismo fluído”. Janine menciona la fluidez en muchas oportunidades, pero no le da ese status diferencial entre las dos lógicas.

La influencia de nuestra autora se observa en las renovaciones de la teoría vincular, pues muchos de sus escritos tienen una lectura filosófica. Con ella ciertos autores proponen otra interpretación de la fluidez en los términos de un inconsciente deslocalizado, lo cual supone una salida de la concepción platónica del inconsciente, entre esencia y apariencia, y una apuesta hacia G. Deleuze y J. Derridá, entendidos respectivamente como producción de deseo y diseminación de la traza.

Puede establecerse una sólida relación entre los “efectos de presencia” de Janine y la “ética de situación” de Alain Badiou, que hace reaparecer a B. Spinoza luego de trescientos cincuenta años. Spinoza es pura actualidad cuando plantea que Dios es acto puro, que no hay posibilidad antes del acto, y luego, desde ahí, que no existe ser del bien o del mal -motivo suficiente para su excomulgación-; luego agrega algo que nos resulta familiar, pues allí operan F. Niestzche y G. Deleuze: no hay esencia, hay potencia entendida como lo que se puede, lo que se hace.

Tantos filósofos citados porque el nomadismo interdisciplinario y la pertenencia a grupos tan diversos, citados en la biografía de nuestra autora, fue generando esa forma de abordar el psicoanálisis; al respecto observo un componente spinoziano en el “hacer entre dos” que propone Janine para lo vincular. En la misma dirección, y a partir de la clínica, la idea de inmanencia es una versión transformada de la antigua concepción kleiniana del “aquí y ahora conmigo”.

Surgen otros interrogantes: ¿dónde quedan en el sujeto los recuerdos, las inscripciones, las huellas, cuando el vínculo termina? Janine abrió el camino de la teoría vincular, y para ciertos críticos su heterodoxia fue desprolija, olvidando que los ortodoxos suelen ser aburridos.
Su mayor interés fue teorizar sobre el vínculo, considerando que el psicoanálisis sobre el sujeto estaba casi amortizado sin un abordaje desde lo vincular; se trata, entonces, de los efectos que produce el vínculo en el sujeto, seguir el camino inverso que al mismo tiempo enriquece la visión del mapa singular.

No se le puede pedir todo a una innovadora como ella, para eso están las nuevas generaciones. Luego, algunos autores han acuñado el concepto de “memoria vincular”; por mi parte pienso que el sujeto múltiple cae cuando el vínculo desaparece, y los recuerdos permanecen en el Yo Diferido y en Otro X del mapa singular.

En mi comprensión del vínculo pesa la concepción lacaniana del No-todo; sucede que Janine utiliza cifras redondas, Uno y Dos. Procedo siempre a anteceder el signo negativo a estos números enteros: (-) Uno y (-) Dos; al igual que Derrida considero que siempre hay un resto que escapa, impidiendo que la inmanencia asome a una nueva totalidad, de allí que el psicoanálisis vincular se presente como lo indecible -motor de la ajenidad- y lo indecidible -lógica del entre- en el sujeto múltiple.

Poniendo en relación a Lacan con Derrida, entiendo lo vincular como una discontinuidad del Uno barrado tendiente a menos Dos, en la que el sujeto, siguiendo a Freud, circula entre el witz y lo umheimlich. Desde otra óptica, esto puede deducirse en los escritos de Janine sobre el principio de incertidumbre que habilita todas las lógicas abiertas al azar, la novedad y las circunstancias, tanto del sujeto como del vínculo.

Un gran aporte de Janine fue plantear el espacio transubjetivo en el psiquismo en tanto lugar de las representaciones sociales; ahí se adelantó veinte años a filósofos como F. Berardi, quien señaló la importancia de lo maquinal en la constitución del psiquismo. Janine, en polémica con Piera Aulagnier y su entonces marido Cornelius Castoriadis, había dicho en los ochenta que la madre no era la única portadora del discurso social en el infans sino también los medios de comunicación -este se puede leer entre líneas en “Los tres espacios psíquicos”-. Para teóricos como Silvia Bleichmar las representaciones sociales constituyen sectores que pertenecen al preconsciente o al yo, pero que no forman parte del inconsciente. Hay muchas polémicas que han quedado pendientes entre los autores y de las cuales puede hacerse una revisión a través del tiempo.

Mi contribución actual apunta a desarrollar un esquema del sujeto conformado por tres términos: una subjetividad ligada al lazo social, un sujeto múltiple -grafismo vincular asociado al lazo social- y un mapa singular -yo diferido/ Otro X-. Todas estas nociones que se desprenden del pensamiento de Janine Puget y de mis propias lecturas filosóficas.

Hace un tiempo señalé un destino habitual en las teorías denominado “catalepsia de los conceptos”, se trata de ideas que caen en el olvido en una generación y resucitan en otra, luego de un variable período de hibernación; el “reconocedor privilegiado” en la pareja, descrito por Janine hace muchos años, ha comenzado a circular nuevamente en los materiales clínicos.
El pensamiento opera sobre un mosaico arqueológico en el que también existen “significantes espectrales” que circulan como murmullos, huellas no ligadas que expresarán un sentido sólo al palpitar y anudarse con inscripciones del presente. La figura del “des-existente”, que nuestra autora empleó para referirse a la subjetividad social, pero que ya estaba instalado en el clima neoliberal de los noventa, y luego los “significantes acontecimentales” -productos de la novedad radical-, que son aquellos términos que se establecen como fundamento o núcleos duros epistemológicos. Es interesante describir el momento de jubileo luminoso que produce la idea original, cuando el Uno se conforma: Sigmund Freud descubriendo el secreto de los sueños o Jacques Lacan cuando formula los tres registros, el sujeto del grupo de Rene Kaës o la Estructura Familiar Inconsciente de Isidoro Berenstein, también el objeto único, los tres espacios y la ajenidad en Janine Puget.

Es un instante especial donde todo adquiere otro sentido y todo cierra, o sea el momento en que el Uno es todo y cuando la razón asume una posición religiosa; sensación que suele durar un tiempo breve e impacta más en los discípulos que en los creadores. El reflejo en el lenguaje implica que las nuevas experiencias requieren nuevas palabras, seguir usando viejas palabras las convierten en algo cercano a la repetición.

Un interrogante que emerge es: ¿cuál es la categoría del inconsciente vincular, descartando la idea de una superestructura como la EFI o los “supuestos básicos” bionianos? Retorno a frases del coloquio mencionado con Janine que responden la cuestión: “de ese inconsciente no daría cuenta lo vincular, crea otro inconsciente por el “efecto de presencia” que tampoco está contemplado en la teoría freudiana clásica”. Todo esto conlleva a un debate con la línea kaesiana que apuntala el fundamento del vínculo en el “pacto sobre lo negativo”. Todo lo que lesiona la existencia del vínculo debe quedar afuera, y negar aquello que lo pondría en cuestión; Kaës toma como ejemplo la renuncia pulsional anunciada en El malestar en la cultura”. La noción de “negatividad absoluta” es lo que no puede entrar en un vínculo o en una estructura por condición necesaria, implicando en la centralidad de lo vincular a la castración. Va de suyo que la propuesta kaesiana es una extensión de las tesis freudianas, y leo entre líneas los componentes filosóficos de la “ontología negativa” a través de la falta.

Janine parte de otra formulación apoyada, a mi entender, en la “ontología afirmativa”, sin desdeñar lo negativo, pero ubicándolo en un borde, apostándole a la potencia del devenir deseante que apunta a nuevas inscripciones y a lo que un vínculo o un sujeto puede -como verbo-, enlazada con la idea de acontecimiento en tanto cambio radical.

Nuestra autora plantea el inconsciente que se constituye por “efecto de presencia”, que se instala en ese momento constituyendo los sujetos múltiples. Esto define una situación que es un conjunto de elementos dispersos que produce efectos de constitución subjetiva, siempre y cuando los personajes incluidos en la situación estén afectados por los elementos de la situación.

Para ser justos con R. Kaës, Puget también menciona la “negatividad relativa” como campo de ilusión, aquello que el vínculo puede crear, pero aquí caben dos nuevas objeciones: como su nombre lo indica, la “negatividad relativa” no parece ser la más importante de las negatividades, y además: ¿por qué denominar lo que se puede hacer desde lo negativo?
Señalé al principio de este último apartado que resulta difícil realizar una crítica con una autora tan paradojal: discontinua en la teoría, pero permanente en la clínica, los grupos y en las instituciones.

Además, ¿qué es una crítica?, ¿qué derecho nos otorga?, ¿desde dónde la planteamos? A partir de Kurt Göedel, que demostró que un sistema axiomático no puede indicar su validez sin apelar a otro, se ha instalado el principio de indecibilidad: no hay sistema completo, luego no existen las ciencias exactas, y los axiomas son dogmas. He señalado hiatos, contradicciones, desacuerdos, partiendo de la idea de que ninguna teoría se explica por sí misma sino asociada a otros referentes. Los debates que fui estableciendo con diversos autores contemporáneos de Janine apuntaron a marcar diferencias sin desvalorizar al interlocutor, rasgos que en K. Marx y S. Freud no fueron los mejores, quizás por ser científicos de una época modernista y binaria. Para finalizar una reflexión panorámica de su obra, que insisto en definir como nómade, interdisciplinaria y heterodoxa, se me ocurre que un conjunto tan vasto, que supera los cincuenta años de escritura, no puede ser tomado evolutivamente, como si lo último fuera lo mejor; así sucede con el S. Freud de la primera o la segunda tópica o el J. Lacan a predominio simbólico o real. Con infinidad de artículos, seminarios y conferencias publicadas aguardamos con interés la aparición de un profuso libro de autoría única con todas sus creaciones conceptuales y sus correlatos clínicos.

Este texto sobre Janine, publicado en 2016, se escribió en 2011, y nuestra autora continuó, sin prisa pero sin pausa, su obra. El libro aguardado vio la luz en 2015 con un significativo título: Subjetivación discontinua y psicoanálisis.

Con una mirada atenta sobre los sucesos actuales y cotidianos acentúa la incertidumbre que contiene “una amenaza, un alerta, una señal de peligro”, apoyada en una cita de Blanchot: “la espera es lo inesperado de toda espera”. Le corresponderá a otras generaciones descubrir los significantes espectrales, catalépticos y acontecimentales que atraviesen sus pensamientos al leer las teorías de Janine.

No oculto la emoción que me embarga al realizar este escrito del cual salgo transformado, habilitado a comprender, imaginar, recrear, muchos episodios de su historia, y porque Janine configura un ser humano comprometido con todos aquellos que hemos compartido con ella tantos momentos difíciles, dolorosos, risueños y vitales.

Quizás lo más cuestionado es también lo más valioso: un claro abandono de la teoría clásica, soportando el denostado “¡esto no es psicoanálisis!”; lema absurdo, pero que persiste.
Ella optó por la valentía de sostener una discontinuidad del conocimiento ligado a la incertidumbre, condiciones necesarias para inventar una vida.

1956

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