Texto por
>> Leonardo Peskin

Nació el 15 de enero de 1937 en el seno de un familia judía liberal  de clase media en un pequeño pueblo, Serock, cerca de Varsovia, Polonia.  En uno de los últimos barcos que pudieron zarpar hacia Buenos Aires llegó contando pocos meses de vida en noviembre de 1937 a la Argentina.

Tuvo una educación primaria y secundaria argentina a la vez que hebrea. Militó desde muy joven en el movimiento sionista socialista “Dror”. Su vocación médica  y su interés por los problemas mentales ocuparon gran parte de su adolescencia.

Egresó con el título de médico de la Facultad de ciencias médicas de Buenos Aires con 22 años.  Comenzó los cursos para obtener el diploma de médico psiquiatra junto con la carrera docente en Clínica Psiquiátrica. Obtuvo el título de profesor auxiliar de psiquiatría por la Facultad de ciencias médicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires.  Sus intereses por la filosofía y la psicología social lo llevaron a estudiar lo que en ese entonces se llamaban certificados en filosofía y sociología, que se impartían en la Facultad de filosofía de la U.B.A.

Comenzó a trabajar en el servicio de psiquiatría del Hospital Rawson dirigido por el Dr. Guillermo Vidal. En los grupos de estudio coordinados por el Dr. Enrique Pichón- Riviere recorrió sus primeros intereses en la psicología grupal y la dinámica familiar. De esa época, 1963, data su tesis doctoral, “Psicodinámica familiar y enfermedad mental”, que obtuvo la calificación de “cum laude” con la que logró el título de Doctor en medicina por  la U.B.A, tesis realizada  con una beca especial otorgada por la misma universidad para esa investigación.

Tomó contacto tambièn con otras corrientes del pensamiento psicoanalítico, las lideradas por los Dres. Arnaldo Rascovsky y Ángel Garma.

Ingresó como candidato en la Asociación Psicoanalítica Argentina  en 1962,  realizando su análisis didáctico con la Sra. Elizabeth Goode de Garma. Fue un buen análisis didáctico por lo que tuvo de buen análisis terapéutico, razón de una importante y duradera  gratitud.

Los seminarios de APA eran un hervidero de ideas e inquietudes. Se producían enormes adhesiones a las diferentes ideologías psicoanalíticas tanto locales como las que provenían de América del Norte y de Europa. Así estudió los desarrollos de Melanie Klein, Meltzer y Bion, y comenzó a frecuentar los grupos de estudio privados que dictaban en ese entonces los Dres. Liberman, Grinberg y Rodrigué.  A las supervisiones oficiales realizadas con los Dres. Arnaldo Rascovsky y Jaime Tomás, agregó supervisiones voluntarias con los Dres. Liberman, Grinberg, Rodrigué, Bleger y Mom. De la síntesis de esas líneas se fueron construyendo sus trabajos de miembro asociado, “La reparación en una paciente severamente histérica con un fondo melancólico”,  y de miembro titular, “Contribución al estudio del proceso psicoanalítico”. En esa época comienza un reanálisis con el Dr. Joel Zac, afín a la escuela kleiniana, que dura tres años.

Dictó seminarios en APA y varios grupos de estudio privados en torno a Melanie Klein y la escuela inglesa. Comenzó a profundizar en una línea freudolacaniana  después de la aparición de los Écrits de Lacan en 1966, interesado en las cuestiones que dignificaban nuevamente al freudismo, el sujeto del inconsciente, el fantasma, el deseo, la razón, la verdad, la pulsión de muerte, la identificación y la ética. Pero nunca acompañó, por convicción profunda, las modificaciones en la técnica y en el “setting” que Lacan y su escuela preconizaban.

En el año 1971, la mesa didáctica de APA le propuso presentarse para ocupar la función didáctica. Fueron años de muchas efervescencias ideológicas, y del intento de buscar rápidas integraciones y conciliación entre diferentes posiciones psicoanalíticas, surgió, en 1973, su primer libro Bases para una psicopatología psicoanalítica, que giraba alrededor de la revolución psicoanalítica, el psicoanálisis como práctica, el problema de lo sano y de lo enfermo, los elementos fundamentales de una psicopatología psicoanalítica, los cuadros clínicos básicos, la función real del psicoanalista y el problema de la verdad.

En 1973 comenzó a gestarse en APA una corriente que intentaba ser más democrática, que preconizaba un pluralismo científico e ideológico, intentando reducir la hegemonía de la “mesa didáctica”, propiciando una apertura a los psicólogos, una libertad curricular  cercana a los modelos universitarios más avanzados, para corregir las diferentes pruebas iniciáticas que implicaban el pasaje de una categoría a otra de miembro.  Comenzó a interesarse en ese movimiento que estaba, a la sazón, liderado por Willy Baranger, Madeleine Baranger y Jorge Mom, siendo nombrado candidato a presidente de APA. El triunfo de esa posición en 1974 implicó interesantes aperturas y renovaciones dentro del movimiento psicoanalítico de la APA y dentro del psicoanálisis argentino en general.

Los tristes sucesos de la dictadura argentina forzaron su migración a España a comienzos del año 1977. Durante el tercer período presidencial recibió innumerables amenazas de grupos militares y civiles de ultraderecha, que lo incitaron, al finalizar su presidencia en APA, a abandonar  precipitadamente el país.

Comenzó una nueva andadura en Madrid. En 1979 publica en Buenos Aires, en la editorial Trieb, La teoría psicoanalítica y los esquemas referenciales y La realización imposible, donde aborda los siguientes temas: los diversos esquemas transferenciales, el complejo de Edipo y el “a posteriori”, lo inconsciente, la arqueología y la mitología en el pensamiento psicoanalítico, la relación con el saber, lo real y lo imposible, inhibición síntoma y angustia, ser hombre, ser mujer y ser psicótico.

En 1988 es aceptado en la APM reconociéndosele progresivamente su categoría de miembro titular y de analista con función didáctica.  En ese año publica en Madrid, en la editorial Tecnipublicaciones, su libro La cura psicoanalítica, una palabra de amor, donde intenta polemizar sobre los aspectos esenciales del psicoanálisis actual, Freud, Klein y Lacan, especialmente en relación a la cura, que recorre en tres apartados: una palabra de amor, entre el recuerdo y la fantasía y, finalmente, la transferencia.

Comienza una etapa de colaboración fructífera con la Asociación Psicoanalítica de Madrid, presenta candidatos, dicta seminarios, supervisiones y publica en la Revista de Psicoanálisis.  Fue Vicepresidente de APM desde el año 2000 al año 2004.

En 1993 comienza un nuevo análisis personal, en París, con la Sra. Luisa de Urtubey, que dura hasta el año 2004. En el año 2002 publica su libro Creer en el inconsciente, donde reúne la mayoría de las reflexiones psicoanalíticas de los últimos treinta años de su práctica. Así, recorre capítulos como creer en el inconsciente, el deseo inconsciente entre la razón y la verdad, Narciso y Edipo, la pulsión de muerte, la sublimación y finalmente algunas reflexiones sobre la identificación y la ética. En el año 2009 publica su último libro junto con Rodolfo Moguillansky, Crítica de la razón natural, donde insiste especialmente en el inconsciente como órgano ético, intentando revisar la psicopatología en relación con lo que denomina fracasos en la desnaturalización subjetiva. Gracias a una interesante recopilación hecha por el Dr. Silvio Gutkowsky, participó con un pequeño capítulo en el denominado Libro de Serock, publicado en 2010 en Buenos Aires por la editorial Memoria y Trascendencia, haciendo ciertas referencias a Freud en su artículo sobre Signorelli y el olvido de los nombres propios y a G. Agamben en relación con la vida “nuda”. Está casado, tiene tres hijos y cinco nietas, y mantiene plenamente su práctica psicoanalítica.

 

 

Comentarios sobre su trayectoria

Jaime Szpilka es considerado uno de los analistas latinoamericanos más prestigiosos, a pesar de vivir en Madrid hace más de 30 años. Le cabría la categoría enunciada por Claudio Eizirik en el Congreso Internacional de Chicago de “freudolacaniano latinoamericano”, denominación que define cierta condición de “mestizo intelectual” muy propia de lo latinoamericano. Szpilka evidencia en su pensamiento influencias muy importantes de lo que significó la irrupción de Lacan en el mundo psicoanalítico. En particular en la Argentina, donde esa irrupción se produjo cuando predominaban corrientes anglosajonas que nos atravesaban a todos. Los efectos de estas diferentes incidencias fueron amortiguados, en el caso de Jaime, por la fidelidad a Freud y la gran apertura que tuvo la Asociación Psicoanalítica Argentina para absorber y hacer suyo todo tipo de pensamiento, produciendo el pluralismo que la caracteriza. Sin embargo las clasificaciones de “parroquias” psicoanalíticas son un tema de debate en su último libro, Crítica de la razón natural, donde concluye que ninguna nominación, en tanto es significante, termina de definir lo real, que siempre excede lo que se dice. Por lo tanto, si somos consecuentes con estas ideas, debemos quitarle esa denominación de “freudolacaniano latinoamericano” y definirlo como un psicoanalista que piensa con libertad y toma de otros autores todo aquello que considera útil para sostener éticamente las bases del psicoanálisis. Toma desde una serie de argumentos filosóficos hasta los fundamentos axiomáticos freudianos, pasando por otros autores, para construir un original pensamiento propio que justifica su reconocimiento como un importante autor latinoamericano. Es destacable su uso minucioso de palabras en otros idiomas, en particular en alemán, siguiendo el cuidado que tuvo Freud, con el fin de deshacer ambigüedades conceptuales que en la historia del psicoanálisis produjeron malentendidos, así como su cuidada escritura y su utilización del humor.

Szpilka formó parte de la bisagra histórico-política y sobre todo teórico-clínica del psicoanálisis argentino que revolucionó la APA en los años 70. En ese movimiento se buscó “liberar” al psicoanálisis de ataduras dogmáticas y recuperarlo como una “creencia” sólidamente fundamentada en la obra de Freud. Diferencio el dogma como lo inmutable de la creencia como modificable, en tanto aquello en lo que se cree puede ir  cambiando. Este giro tuvo como importantísimo soporte las figuras de los Baranger y Mom, pero adquirió consistencia al ser comprendido y potenciado en pensamientos como el de Szpilka, quien para muchos de nosotros fue el líder teórico de una orientación, la que hace que hoy en día haya en la APA un movimiento freudolacaniano muy considerable. Szpilka muestra la decantación de todas las influencias teóricas que fueron apareciendo al sostener un eje ético con relación a la clínica. Es de un alto nivel teórico pero es un practicante de la clínica.

Estuve junto a Szpilka en muchos momentos de su trayectoria: entre los 60 y los 70 como discípulo, ya que estudié y supervisé con él; años más tarde, acompañándolo en paneles de congresos y presentando algunas de sus obras, de manera que me liga a él un gran afecto y reconocimiento. Creo formar parte de un grupo de analistas que añoramos su presencia en la Argentina. Pensamos que fue el analista más notable de su generación y su ausencia se siente como un vacío teórico-político. Sin embargo, ha sabido sostener su presencia en numerosos escritos y actividades, nacionales e internacionales.

Su producción y aportes

Se observa una coherencia entre su propia historia y su producción a lo largo de más de 40 años. Examina en profundidad la relación del sujeto con el Otro, donde aquél se constituye y por el que es determinado, aunque pone el acento en la absoluta singularidad que el sujeto imprime a la incidencia de ese Otro que lo determina. Lo que implica la riqueza y el máximo aprovechamiento de la herencia que cae sobre un sujeto. Recordemos la máxima del Fausto de Goethe,[1] que Freud menciona en “Tótem y  tabú”: “Lo que heredaste de tus padres adquiérelo para gozar de ello”. Pero en el Fausto la frase continúa y Freud no la toma.: lo que no se utiliza es una carga pesada, sólo puede ser de provecho aquello que crea el momento”. No se trata de que uno sólo recibe la herencia, tiene que asumirla para poder usarla; lo que no asume deviene impuesto como una pesada carga, lo que indica el valor netamente conflictivo de la cuestión. Lo que cae sobre el sujeto no es optativo, hay que resolverlo o padecerlo. Caen sobre el sujeto las virtudes y los pecados de los padres. Los activos y los pasivos. En este punto Szpilka demuestra una gran capacidad de síntesis y resolución de contradicciones teórico-clínicas, mostrando la importancia que tiene poder sostener la diversidad de pensamientos que caracterizan el psicoanálisis, y en lugar de sectarizarse desmintiendo o desconociendo líneas de pensamiento, las profundiza discriminadamente y las articula de un modo ejemplar.

Si recorremos la lista de artículos y libros que produjo, e incluso dentro de los mismos libros los subcapítulos, verificamos algo que él mismo dice: que ciertos temas lo acompañan a largo de toda su trayectoria. Temas que pesan sobre él y cuyo peso intenta aliviar produciendo nuevas perspectivas que a nosotros, sus lectores, nos ayudan a comprender los conceptos más complejos de las bases del psicoanálisis.

Este estilo de retornar sobre las dificultades y darles un nuevo giro, apelando a todos los recursos disponibles, sean filosóficos, sociales, históricos, literarios, etc., caracterizan a los grandes autores y forman parte del movimiento de retorno a Freud en el psicoanálisis argentino.

Utilizaré algunos fragmentos de una reseña que realicé sobre el libro Creer en el inconsciente para mostrar su estilo de pensamiento. En ese libro recorre desde los temas clínicos más cotidianos hasta las cuestiones teóricas más sofisticadas con la comodidad de haber madurado los asuntos, mostrando cómo resolvió los desafíos teóricos desde todas las perspectivas disponibles a lo largo de su trayectoria. Él mismo afirma en el prólogo reunir en este texto –que tiene como antecedente artículos ya publicados en revistas psicoanalíticas a lo largo de los años– los fantasmas dispersos que lo acompañan desde hace muchos años: el inconsciente, la verdad, el narcisismo, el complejo de Edipo, la pulsión de muerte, la sublimación, la identificación y la ética.

Los seis capítulos que componen esta obra abarcan ese ambicioso espectro  subdividido en varios subtítulos que arman un subtexto en sí mismo, con lo cual el libro además realiza un trabajo de nominación que permite ordenar y situar todos estos conceptos. Esto termina dándole el valor de un libro de consulta, ya que responde la mayor parte de las preguntas psicoanalíticas.

Es destacable que a diferencia de los autores más clásicos del psicoanálisis, como Freud, Lacan y otros que suelen usar la controversia, el enfrentamiento con otros autores y discípulos disidentes, Szpilka rescata todo tipo de aportes. Aparece como pacificador y revalorizador de muchos autores, cuyas ideas reconoce y elogia, aunque no sean grandes autores, sino teóricos en quienes creyó encontrar aportes valiosos. Quizás ese solo rasgo ya sea una enseñanza, dado que es mucho más frecuente encontrar el uso de una dialéctica agresiva como apoyo argumental en muchos trabajos de psicoanálisis. Ubicar el enemigo para definir la propia posición no es el caso de este escrito.

Me remitiré al propio texto, lo que además de no desvirtuar sus ideas permitirá apreciar la riqueza de su estilo de escritura.

 

 

Capítulo 1: “Creer en el inconsciente”

Este capítulo, que da nombre al libro, ubica esa idea como condición de inicio de un análisis, dando estatuto a la palabra y al lenguaje en el proceso de humanización y en el origen del inconsciente. La diversidad del significante da lugar a todo tipo de psicoanalizados: “…hay en última instancia tantos modelos de psicoanalizados como de diferentes tipos de psicoanalistas”; varían según los psicoanalistas que se procuren, “… pacientes freudianos, kleinianos, winnicottianos, lacanianos, de la psicología del Yo, etc.”. Así se describen diversos tipos de creencia.

Pero, como sabemos, la creencia en un saber es condición de la transferencia. “…la verdad del inconsciente se sostiene en la creencia de que lo que el otro dice en posición de psicoanalista significa la verdad de lo que en posición de psicoanalizado digo.

A poco de andar dentro de las complejidades del saber y el significante, con la apertura a la diversidad aparecen los límites tanto a la creencia como al saber de la verdad. “La jubilosa maravilla del habla se constituye al mismo tiempo en compleja desgracia, ya que todas las promesas que la palabra prometía, acceso al saber, al ser, a la verdad, a la objetividad, etc., acababan siendo solamente mitos retrospectivos creados por el propio habla, y que se delataban finalmente en su tropiezo y en su imposibilidad. De ahí podemos decir que la condición parlante nos induce a la búsqueda de aquello que se nos torna a la vez imposible, y por lo tanto, porque se dice, hay algo que se quiere saber, pero ya no se puede ni se podrá saber.

De este modo deja en claro que la creencia requiere, para no caer en falsas ilusiones, de un real no conocible. Así sitúa el significado de lo primario y lo secundario en el pensamiento de Freud unidos por procesos de resignificación, donde hay un real necesariamente excluido pero incidente y causante. Este recorrido se desarrolla  mediante una lectura minuciosa y lúcida de textos de Freud e historiales. Nada queda como petición de principios sino que es exhaustivamente demostrado en el pensamiento de Freud, potenciado por otros autores y la propia elaboración, estilo que se conserva en todos los capítulos.

Queda explicado cómo el proceso mismo de represión reprime el propio hecho de reprimir y por qué cualquier intención clínica del analista debe excluirlo, para transformarse en causa del deseo del analizante y respetar estas restricciones que tiene el significante, sin obturarlas por las falsas vías de promesas incumplibles, resolviendo de esa manera la histeria propia del analizante que busca su ser. Al respecto, Szpilka afirma en uno de los muchos giros literarios que caracterizan su escritura: “…el sujeto histérico es un puro cráter por donde emana la lava de su deseo.

En el final fundamenta por qué no deben confundirse deseo, verdad, cosa y palabra. Una expresión insiste en el texto para enfatizar esta posición: “Porque se dice no se puede decir.

 

Capítulo 2: “El deseo inconsciente entre la razón y la verdad”

Ilustrada por cuentos de un fino humor sitúa la diferencia entre estas dos vertientes, la del intelecto razonante y la de la verdad como inalcanzable. Recorre luego los fundamentos en diferentes autores, y con todas las dimensiones de densidad explicitadas ubica el complejo de castración en su punto primordial de castración materna y el pasaje por la castración como un duelo, donde está presente la incidencia del padre. Es decir, nos llevan por todas las configuraciones fantasmáticas fundamentadas en una sólida argumentación teórica, para concluir afirmando cómo debe ser la intervención del analista que respete este límite: “El psicoanalista poco puede aportar a esa falta y si acaso puede nombrarla….

El problema se plantea con el nombre de lo que falta, de lo que no tenía por qué estar –por ejemplo, el falo materno– o con el nombre de lo que aun no estando falta en tanto el otro no es exhaustivo en su presencia.

Estos temas son trabajados con mucha profundidad desde diferentes perspectivas teóricas, en especial desde Freud, para concluir en la expresión lacaniana “el padre o peor”, que ubica con claridad que lo paterno apunta a evitar males mayores, pero sin que se trate de un bien o un mal moral, ya que hay un bien en el mal y un mal en el bien.

Es la resolución del Edipo la que abre el camino a lo que se puede o no se puede. Por lo tanto es desde ahí que se abre la alternativa de amar, desear, decir, etc., siempre excluyendo lo que no se puede, no por capricho de alguien sino por limitaciones del significante.

Lo excluido queda como causa y, se aclara, es diferente de otras ciencias. “El concepto de causa debería trascender por ejemplo al concepto de causa de las neurociencias, no solamente porque opongamos nuestra causa histórica, tal madre, tal padre, tal acontecimiento positivo, etc., a la serotonina como causa. La causa psicoanalítica hay que producirla y efectuarla; paradójicamente pasa de productora a producida, a través de esa dialéctica constante entre madre-ausente y madre fálica-castrada, donde se articula la verdad de lo que se pude decir porque se dice con la imposible verdad de lo que porque se dice no se puede decir.

El capítulo termina con consideraciones muy interesantes acerca de la vigencia posmoderna del pensamiento de Freud. No hay unidad posible: aunque conozcamos algunas razones, la verdad estará más allá.

“Y es desde esta función afanísica, que el hecho de la nominación de un sujeto ya deviene trauma esencial. Uno es acusado en el doble sentido de que acusa a la palabra tanto como la palabra lo acusa a él. Decirle a alguien por ejemplo que es Pepito lo deja expuesto a un  ‘tú eres esto’ que lo invoca a ser lo que al mismo tiempo le es imposible ser, ya que no sabe qué es ser Pepito, pero que sin embargo le hace sentirse acusado, culpable de un crimen sexual, ya que en el ‘eres esto’ quedará marcado para siempre como la criatura sexual animal que jamás podrá estar a la altura de su nombre.”

“…el deseo inconsciente no es la verdad sino la diferencia entre razón y verdad imposible.”

Y culmina con afirmaciones sobre el inconsciente tales como “la maldición que se gesta en el ser por efecto del habla. Que vuelve a demostrarnos que el texto, además de tocar temas cruciales y aportarnos definiciones claras y profundas, tiene un estilo literario cercano a lo poético, lo que forma parte del bien decir de una obra lograda.

 

Capítulo 3: Narciso y Edipo

Repasando las bases freudianas del narcisismo concluye que éste encubre una falta que debe ser reconocida por la aceptación que significa el proceso de castración. “Así la realidad no se constituye tanto en torno a la captación adecuada de las presencias sino en torno a la capacidad de soportar la constitución de una ausencia, lo que habla de un paralelismo entre realidad y destitución narcisista, entre realidad y castración.

Queda entonces ubicada una dialéctica entre la pasión de ser narcisista y la identificación como camino necesario para la sexuación que lleva a dejar de ser. La pasión narcisista se denota en los procesos del amor y la búsqueda de unificación. “Como si se tratase de un imposible Uno absoluto que se tambalea sobre la sombra de un cero que permanentemente se quiere eludir. Esa pretensión es la que debe ser acotada para evitar la psicosis, que es descripta de este modo: “La paranoia como manifestación última defensiva ante un derrumbe pone de manifiesto estructuras generalmente encubiertas ligadas a la génesis del yo y del ideal del yo, y por lo tanto a la ligazón con el padre, a la salida del narcisismo, y a la entrada mediada por la homosexualidad, a las aspiraciones que el propio padre bajo la forma de ideal no pudo cumplir.

Como contrapartida a este destino psicótico, pasando por todas las temáticas del amor, aparece el decir de Freud: “… el desarrollo del yo consiste en distanciarse del narcisismo primario, pero que a la vez engendra una aspiración intensa por recobrarlo”. Agrega en otro párrafo que salvar el narcisismo siempre se plantea como un modo de excepción o de impunidad, pero al Uno absoluto se contrapone la hipótesis del inconsciente contra la excepcionalidad.

“Narciso es mudo sin Edipo y Edipo habla sobre la sombra de narciso herido.”

Este capítulo termina ubicando, como corolario de la implicación del narcisismo con el Edipo y la castración, el tema de la Nachträglichkeit desde una perspectiva filosófica debatida dentro del psicoanálisis.

 

Capítulo 4: La pulsión de muerte

El tema es tomado por el camino mismo que recorrió Freud para “descubrirlo”- el fantasma masoquista de “Un niño es pegado”, que sitúa al sujeto frente a la Ley y a ese insistente plus de la pulsión. Tras ubicar con claridad la inflexión teórica que caracteriza este tema, delimita todos sus alcances y consecuencias:

“Lo que parece una paradoja fascinante es que la pulsión de muerte aparece salvando el lugar de subversión que antes tenía la sexualidad en la construcción del sujeto freudiano”.

Agrega en otro lugar: “Mientras que dentro del principio de placer articulado al principio de realidad la pulsión se satisface en un Uno de significado mundano, en plena coalescencia del significante con el significado, lo que supone un objeto pleno del mundo similar al objeto de la necesidad, en el más allá del principio de placer se aspira a un goce imposible con un objeto perdido, donde impera más bien la articulación de un significante a una falta, y donde asoma por lo tanto lo más esencial del deseo inconsciente.

En otro momento dice: “La pulsión de muerte –la pulsión– unida a la compulsión repetitiva más allá del principio de placer, da cuenta del desvío que en el sujeto humano se ha producido por el atravesamiento significante.

Así, muestra desde múltiples ángulos que enfatizar la pulsión no se contrapone a “creer en el inconsciente” sino que la pulsión tal como es definida potencia el estatuto del inconsciente en su carácter humanizador y de soporte del deseo. Pero a la vez demuestra cómo el efecto del significante condena al cuerpo a una administración cultural de sus funciones, aunque la pulsión se resiste a esto: “…. propuse que la pulsión de muerte es lo que se resiste e insiste como pulsión en función de la represión establecida por la estructura hominizadora del Edipo. Es el trastocamiento esencial de la estructura sexual animal natural en función de la mortificación que la ley edípica impone en el cuerpo erógeno libidinal.

Por último localiza en esta delimitación conceptual el asunto de la ética vinculada aquí a la pulsión: “De tal manera, la ética que surge libera de cualquier remanente narcisista, donde cabría la sospecha de revertir en el propio sujeto el bien realizado al otro, pero donde fundamentalmente se escabulliría la ignorancia del propio inconsciente. Como que en última instancia la mayor falta ética fuera soslayar el inconsciente”. Es claro cómo narcisismo y pulsión continúan referidos éticamente al inconsciente y al sujeto.

En los dos últimos capítulos, “Sobre la sublimación” y “Sobre la identificación y la ética”, emergen, a través de citas y comentarios, un debate muy interesante entre filósofos y psicoanalistas y diversas opiniones no siempre concordantes.

Ante la fuerza de la pregunta: “¿puedes tú justificar tu ser?, surge la reflexión “… esta pregunta bastante siderante requiere una respuesta que solamente puede ser metafórica, y que si no se produce perpetúa al sujeto en lo sintomático. Todo lo cual significa de alguna manera que la única justificación es la creación.  Solución que sin embargo muestra sus límites: “La historicidad que Freud mantiene a ultranza en toda sublimación no hace más que remitir al fin y al cabo al núcleo traumático a-histórico, que una y otra vez alude a la deficiente constitución de la subjetividad como inacabado deseo de ser, sujeto sin embargo constantemente a una nueva creación. Donde Szpilka nos muestra que nada se conquista de una vez y para siempre, sino que más bien cada vez hay que validar cualquier logro subjetivo.

Así va bordeando los límites entre aquello que se puede representar y lo irrepresentable. “…la ‘cosa’ de la que se habla se constituye como un recorte en el hablar mismo” es uno de los tantos giros que encontramos para dar cuenta del das Ding freudiano y filosófico como aquello que en la sublimación es central. Hay una línea muy interesante que articula negación con sublimación, aporte que esclarece algo del “misterio” de aquello que logra eludir la represión para ser sublimado sin contrariarla sino afirmándola.

El final del libro nos ubica en algunas soluciones que logra el humano a tantas dificultades de realización. Uno de los caminos es la identificación: “No se trata del problema de la identificación en términos de desarrollo natural sino como momento culminante del acto de la hominización cultural. Transita el texto las vicisitudes identificatorias superyoicas así como todas las formas de identificación, para concluir: “Vemos entonces la enorme complejidad de las diversas posiciones que debemos observar. Si en la medicina clásica, el aforismo dice que la salud es el silencio de los órganos, en psicoanálisis parecería que podríamos decir, parafraseando, que la salud es el silencio de las identificaciones, ¿pero nos bastaría quedarnos con eso?”. Así nos demuestra que para el humano no es la quietud o la inmovilidad la mejor solución, así como tampoco se puede especular con cambios de orden identificatorio que busquen la anulación del conflicto.

“Así ese sujeto humano que antes no fue y que después no puede ser, y busca identificarse con quien le marca la dirección de su deseo como de imposible realización, es el único ser vivo que queda sujetado, como se ha indicado más arriba, a esa paradoja ética que es además una paradoja lógica, y que se enuncia como que hay un mal en el bien y un bien en el mal.”

Esta afirmación categórica – en el sentido de establecer categorías – nos conduce a la última frase de del libro: “…. creer en el inconsciente implica finalmente ni más ni menos que la asunción de una posición ética.

A modo de conclusión, este libro se despliega como una obra sinfónica donde la multiplicidad de ideas, que en la pieza sinfónica serían la multiplicidad de sonidos, adquieren tal armonía ordenadora que permiten apreciar innumerables matices, todos congruentes, de tal manera que alcanzan valor estético además de científico, y que impresionan como aquellos logros que no sólo buscan la transmisión del psicoanálisis sino que satisfacen en sí los principios éticos que postula. Es un libro que logra la creación sublimatoria que complace tanto al autor como a los que podemos disfrutarlo.

[1] Goethe,  W., Fausto, Buenos Aires, Sudamericana, 1999.

Una reflexión crítica sobre sus aportes teóricos y las implicancias en la clínica

Tomaré otra referencia dentro de su obra, el libro escrito con Rodolfo Moguillansky,  Crítica de la razón natural.

Comentaré el texto incluyendo la apertura de una crítica general a la obra de Szpilka desde mi punto de vista, el que intentaré definir, siendo fiel a lo que este libro propone, ya que si algo se desprende de él es que toda afirmación hay que contextuarla.

En esta línea recordé muchas indicaciones de Jaime a lo largo de los largos años de grupo de estudio y supervisiones. Pero hay una anécdota que indica que estos temas estaban ya presentes entonces. Quizás Jaime se reconozca en ella. Estábamos terminando el año de trabajo y Jaime destacó lo bien que había evolucionado el paciente que estábamos supervisando, a lo cual yo respondí que no tenía la misma impresión, porque seguía teniendo bastantes problemas. Jaime me dijo que yo pensaba así porque tenía exageradas expectativas de lo que es curar y que él lo evaluaba desde una perspectiva psicoanalítica. Aclaro que era un paciente grave y quizás hoy en día hasta dudaría de la posibilidad de análisis. El comentario de Jaime abrió la cuestión acerca de qué es bueno y qué no lo es, ya que esto depende del discurso donde se inscriba y siempre conserva tal relatividad que permite una transformación en lo contrario, si la referencia varía.

La lectura de este texto me evocó los últimos escritos de Freud, como los referidos al Moisés o al Presidente Wilson, que, salvando distancias, tuvieron motivaciones parecidas. En esos trabajos surgen con intensidad preguntas acerca de la “condición humana” –parafraseando a Hannah Arendt– y es precisamente en el texto sobre Wilson donde Freud plantea cómo en nombre de un Bien supremo se puede hacer el mayor Mal.

Al igual que esos escritos de Freud, éste es un libro tremendamente actual y es el tipo de textos que emergen en épocas de crisis de valores y en una visión retrospectiva de la vida.

El libro deshace la idea de un saber único y mucho más de un supuesto saber bueno. Pone en cuestión tanto el valor moral como la verdad de cualquier opinión. Por lo tanto relativiza la distancia entre el sujeto del enunciado y el de la enunciación, para mostrar que ambos se interdeterminan. El asunto es distinguirlos, pero no suponer que escapan al determinismo de esa categoría que atraviesa todo el texto que es el llamado sentido común.

Dirigiéndose a los fundamentos más intraterritoriales del tema, hace pie profundamente en el psicoanálisis, argumentando desde Freud mismo el desarraigo instintivo humano que no da chance de realización natural. La idea de naturaleza refleja la paradoja en la que se debate el humano, ya que carece de la posibilidad de solución natural de sus tendencias y sin embargo crea un entorno que cree natural, cuando en realidad es un producto de la cultura. Es decir que invierte el supuesto sentido común de que primero está la naturaleza; en realidad “la cultura es anterior a la naturaleza”, ya que lo natural sin la cultura no existe para el humano.

Estos hechos son activados por las tendencias narcisistas, que no deben perderse porque son el sustento de la posibilidad de amar y de realizarse como sujeto. Sin embargo ese narcisismo, aun perdurando, requiere de renuncias y transformaciones, pero incluso así, estando más o menos resuelto, se manifiesta en las formaciones que el libro explora. Jaime caracteriza esta dramática en toda su intensidad y con un modo de decir que adquiere en muchos momentos un valor poético. Quizás porque es la única manera de dar cuenta de estas cuestiones sin reducirlas a ecuaciones, que aunque sean muy sofisticadas no logran expresar lo que es un ser humano. Doy un ejemplo de un matiz de la complejidad que adquiere el pensamiento de Jaime:

 El falo se hizo signo, y en su humillación frente a la perfección del ideal, el sujeto adquiere la medida de lo que perdió sin haberlo tenido nunca en el antes y sin poder tenerlo jamás en el después.

Continúa unos párrafos más adelante:

Así cobraría cierto sentido y vigencia una compulsión repetitiva que nos gobierna y nos solicita  desde lo que no fue, no es y no podrá ser, más allá del principio de placer, como repetición insaciable de la pasión por el significante mismo que se constituye en meta más allá de cualquier meta de la realidad natural.

Así muestra, a través de una lectura exhaustiva de conceptos freudianos, lo insostenible de cualquier solución que intente un racionalismo naturalista, el que adquiere un valor de añoranza.

Pero el desarrollo va mucho más allá, porque muestra que el conflicto psíquico en la patología tiene íntima relación con el conflicto moral, ya que las tendencias humanas no tienen una adecuación natural a lo moral, porque lo natural no existe fuera de la cultura. Además, siendo lo moral cultural, varía enormemente según cada cultura.

En ese contexto Jaime instala un concepto que ya había propuesto en el libro anterior y en otros trabajos, que es el de creencia en el inconsciente. Donde me parece encontrar una idea sumamente interesante, afín desde mi perspectiva al concepto de transferencia. Jaime sostiene que esta creencia se funda en que “hay algo” para saberse. Entonces en esa creencia el sujeto remite su idealismo, que arrastra desde la añoranza narcisística, a una creencia en el inconsciente como un determinante que ya no es natural ni divino. Como es fácil notar el narcisismo sigue insistiendo, pero llevado a un destino muy diferente de la naturaleza o lo divino. Pero este camino adquiere un valor ético pleno que lo aleja de una moral de la creencia imaginaria, cuando plantea que la verdad a la que apunta la exploración del saber en el inconsciente es una verdad imposible de ser sabida. En esa brecha entre saber y verdad recurre al humor judío, mostrando la disyunción entre la razón –apoyada en una lógica simbólica– y la verdad –que siempre excede esa lógica–. Siguiendo al último Lacan, la verdad está ligada a lo real, pero nada podríamos especular sobre ella sin los recursos simbólicos que configuran la razón y el inconsciente.

De un modo dramático plantea la manera en que queda ubicado el ser con relación al inconsciente:

Y si lo inconsciente pone en cuestión al ser e implica en cierto sentido su ruina, la culpa es la llave de su estabilización. Por eso en lo que a lo humano importa, ser es fundamentalmente ser culpable.

Jaime señala la ligazón del inconsciente a la palabra; pudiendo decirse, se afirma la posibilidad de decir y también de no decir. Toca las múltiples representaciones que se ponen en juego en el decir de las palabras que intentan dar cuenta de las cosas sin lograrlo. A través de diversas oposiciones lógicas, sea en el decir, como en el nominar, así como en el significar, demuestra que al afirmarse un término se contrapone otro que genera un no poder decir, lo no nominable, lo no significable, etc. Señala el problema de Nietzsche y Heidegger, que pretendieron nominar lo que debía permanecer como silencio. Lo imposible de ser dicho.

Hace lecturas refinadas de “El yo y el ello”, “Más allá del principio de placer”, “Inhibición síntoma y angustia”, “La negación”, etc.

Toca el tema de la culpa y el perdón como camino de la cura como una paradoja de los destinos del Bien y del Mal.

Volví a tener la impresión, al leer Creer en el inconsciente, de que era una composición sinfónica. Comienza con algunas melodías y notas que van articulándose progresivamente, con momentos de desarrollo y precipitación conceptual, en un tempo variado, y los capítulos, como los movimientos de una sinfonía, llevan a una conclusión. En el último movimiento de su exposición, “El inconsciente freudiano como órgano ético”, dedicado a la perversión, se retoma en una integración todo lo que antecedió en un gran final. Tomando la perversión como ejemplo de todos los retorcimientos que es capaz de hacer el humano con aquello que sustituye lo que no tiene solución natural ni animal.

En el final del libro se presenta y discute un caso de bestialismo para poner en escena una evidencia, según entiendo, de la “denaturalización” de la razón humana,  mostrando que el significante tiene suficiente poder y versatilidad como para permitir diversas formas de humanización, de las que los analistas deberíamos estar muy advertidos para comprenderlas en su absoluta singularidad.

En este punto se hace necesaria la referencia al Nombre del Padre, que brinda estabilidad, aunque también, en todo humano, tiene cierta vulnerabilidad, ya que es la solución simbólica a la insistencia de lo real que siempre excede lo simbólico. Entonces el Nombre del Padre en su fracaso normativo permite el retorno a la animalidad, que a los que la reprimimos siempre nos repugna inicialmente para luego “acostumbrarnos”. También consideremos que una forma más horrorosa que este acercamiento del paciente a la animalidad por vía del bestialismo –a la que también hace mención Freud y se atribuye a Plauto – determina que bajo ciertas circunstancias “el hombre es el lobo del hombre”. Esa animalización es esencialmente diferente de la perversión. Es lo que diferencia las categorías en discusión de perversidad y perversión. Por eso el trabajo analítico es factible hasta cierto punto con la perversión y quizás la perversidad lo hace imposible.

Antes de avanzar en un enfoque crítico en general, quiero terminar de explicar lo que entiendo es el eje del pensamiento de Jaime.

En muchos textos aparece una demostración con la que estoy totalmente identificado y comparto acerca de la importancia del significante. El humano realiza su condición en tanto asume el orden simbólico. Justamente muchos de sus desarrollos demuestran que sin adscribir al determinismo del Otro no habría una realización subjetiva. Esto incluye la significación fálica como índice de la presencia y vigencia de este orden simbólico. La rejerarquización de estas ideas freudianas abreva en los aportes de Lacan y llevan a su máxima importancia temas muy propios del pensamiento de Szpilka, como el inconsciente estructurado con reglas simbólicas, el deseo, la organización ética del discurso del analizante, el problema de la verdad y las dificultades de enunciarla. Resuena en varios momentos de la obra “porque se dice no se puede decir”. Sin embargo, la nominación de la “madre” marca el límite que configura el incesto. Por ende, lo que se dice no termina de poder decir, pero al decir produce un efecto ordenador sobre lo que no se puede como ley. Lo que no se puede decir, ni maldecir sin consecuencias para el que dice.

En un párrafo muy intenso del capítulo “Freud y las desnaturalizaciones subjetivas” se refiere a las  “Tres  desnaturalizaciones freudianas”:

       Por eso el falo y la castración dan cuenta del momento donde se inaugura el pasaje del peligro de la pura muerte animal al riego de la constitución del sujeto humanizado en su atravesamiento significante. El falo crea así significación , separación de lo real, en tanto aparece como índice de la medida de lo que le falta a todo sujeto humano en la relación instintiva natural con el otro, en tanto medida del goce que falta a toda relación dual entre la madre y el niño, en tanto medida de la interdicción del goce que hace que todo otro no sea más que un significante de sí mismo, es decir que está atravesado en su naturalidad por la simbolización que lo vela, haciendo que como naturaleza sea para siempre jamás inencontrable. Y así el instinto deviene pulsión en su relación para siempre fallida con lo real, y por lo tanto exige del ‘plus’ sublimatorio para ilusionar ese reencuentro, en el arte, en la ciencia y en cualquier hecho cultural que persigamos. El falo es además la boya inconsciente de todo decir, ya que todo decir sostiene la falta que el falo delata en su imposibilidad.

        Pero una vez instituido el campo del significado, del sentido y del sin sentido se abre una dimensión en la que el sujeto testimonia, festeja y lamenta la emergencia del sentido con el sin sentido en la eterna conjunción donde se alían la epifanía y la ruina. Porque la vida humana nunca más tendrá sentido en sí misma sino alrededor del reto de esa interdicción, con lo cual se prefiere morir no por muerte natural y matar no para comer, sino morir y matar por el puro deseo de anular la interdicción así constituida.

Así, Jaime nos muestra un límite, que debemos respetar para que tenga sentido la operatoria del inconsciente y se pueda sostener la subjetividad dentro de la cordura. La pretensión de trasponer ese límite se tornaría antiético aun a nivel filosófico y a nivel clínico conllevaría patologías muy serias. Nos encontramos en los límites de la posibilidad de lo simbólico de restituir el paraíso perdido de una armonía del goce que daría la posibilidad de acceso a los máximos placeres. Por eso el goce debe ser separado del placer, tal como lo vemos paradigmáticamente en la expulsión del paraíso de Adán y Eva. Tal como Szpilka lo destaca en numerosos lugares, aceptar este límite al racionalismo, es decir, que éste conserve una distancia con relación a la verdad, es esencial para que la verdad y la razón sigan teniendo sentido. También es claro que hay siempre tentaciones imaginarias de encontrar una exagerada armonía que unifique lo que debe permanecer separado y especialmente no resuelto. Es necesario que lo real conserve su estatuto de tal y no se torne en una realidad que satisfaga el narcisismo.

Lacan propone atravesar el lecho de roca freudiano, ese límite que clínicamente es la amenaza de castración para el hombre y la envidia al pene en la mujer. Es una propuesta de trasponer el límite que significa el borde del significante. Habría más posibilidades de acceder a la “verdad” desprendiéndose de lo simbólico, sin dejar de tener en cuenta que la verdad es lo imposible de ser dicho, se puede ubicar fuera del saber posible. Ahí entra a jugar la clínica del acto analítico ya no pensado como interpretación, sino como semblante de lo real o como corte, sea del discurso del analizante o de la sesión.

El desarrollo de Szpilka alcanza con claridad el límite y denuncia la intención de desconocerlo suponiendo que se puede significar aquello que está más allá, tal como aparece en aquellos autores psicoanalíticos que consideran que todo sería interpretable o abordable mediante la palabra. Este esclarecimiento desmontó una tendencia que existió antes de la revisión que promovieron los analistas que restringieron el campo comprensivo, los que generaban una clínica basada en la imposición e incluso la promoción de la creencia imaginaria más que en una tarea vinculada al deseo y al respeto ético del inconsciente, por ende de la transferencia.

En la apertura de su ponencia en un panel sobre transferencia en el Congreso de Chicago, Szpilka sintetiza de un modo muy logrado este tema:

La transferencia sería a mi juicio una condición de la cura psicoanalítica. Hay un espacio irreductible del psicoanálisis y de los límites de la analizabilidad, que está dado por una estructura basal, que permite a un determinado sujeto creer en el inconsciente, y por lo tanto tratar de franquear un conflicto ético, que en tanto conflicto humano subyace en todos los casos a las formaciones sintomáticas. La creencia en el inconsciente se refiere a las condiciones mínimas bajo las cuales un sujeto acude a un psicoanalista a la espera de que termine de decirle algo sobre la verdad de su ser, conmovido por el sin sentido de su síntoma, y que apela a un significado del Otro como promesa de recuperación de una unidad perdida. Y para que esa creencia se instituya y circule, para creer que lo que el psicoanalista dice significa la verdad de lo que el psicoanalizado dice, es indispensable una ordenación en la cual la estructuración edípica juega un rol preponderante. Es solamente a partir de la creencia mítica en la palabra del padre (metáfora paterna en Lacan) ‘esta mujer es tu madre’, que marca la interdicción fundamental de goce con lo real, y donde se instaura el primer gran significado, que se abre en el sujeto la dimensión del sentido y del sin sentido, que va a estructurar todo el futuro del campo del discurso, donde la palabra va a ser de allí en más solamente interrogación y promesa. Y si el significado emerge solamente en el seno de esa interdicción, y no de cualquier goce que vaya unido a la preservación vital, sino del goce declarado como fálico, toda significación ulterior significará monótonamente lo mismo, una interdicción de goce con lo real, que abre y mantiene al mismo tiempo el espacio de un sentido para siempre ignorado. Recién entonces podremos hablar de un aparato de represión, ya que antes de esa significación originaria no hay nada que enmascarar, nada que disimular, nada que esconder, nadie a quien temer, ningún sentido ni ningún sin sentido. Así se enmascara una imposibilidad de goce con lo real con un significado imposible también de terminar de desenmascarar. Se instituye lo que podríamos denominar, mejor que la significación, como el campo de la significancia en general.

Aquí diferencia el goce fálico de los otros goces posibles y denuncia con claridad el límite simbólico donde se apoya la significación fálica. La aspiración de acceder a trabajar con esos otros goces más allá del significante está vedada.

Ahora bien, las hipótesis lacanianas que animan a los “lacanianos” que no son “freudolacanianos” los llevan a desembarazarse de esta atadura ética y pretenden operar con lo real sin considerar lo que Szpilka dice acerca Nietzsche y Heidegger: que pretendieron nominar lo que debía permanecer como silencio. Lo imposible de ser dicho. Ellos irían más lejos, ya que sacudirían lo real sin medir las consecuencias, a través de sesiones brevísimas de 5 o 10 minutos, casi sin decir y más que nada escandiendo, cortando el desarrollo de un discurso. Apostando a semblantear el objeto a y a la angustia más que al deseo. Algunas de estas líneas emergen de la continuidad teórica del pensamiento de Lacan y es perfectamente válido no acompañarlas. Es más, muchos decidimos quedarnos en la misma posición que Szpilka, pero hubiera sido interesante que él hiciera una caracterización y eventualmente una crítica a estas tendencias. Al final de su enseñanza, en el seminario de Caracas, Lacan dice la famosa frase “Sean ustedes lacanianos, si quieren. Yo soy freudiano”. Esto llevó a muchas interpretaciones, pero vuelve a resonar el límite, de la vida, de la accesibilidad desde la significación, de la posibilidad de ir más allá del padre, etc. Szpilka queda con plena intención como Moisés atisbando la tierra prometida pero sin entrar. Esto en esencia es el límite de lo posible. Sin embargo sería importante seguir el pensamiento de Lacan y explicitar por qué violentar ese límite sería efecto de la omnipotencia imaginaria y no la posibilidad de manipular lo real.

No obstante hay en esas ideas pautas muy interesantes para comprender la causa que mueve al significante, sea el objeto a o la teoría del goce, y poder comprender cómo en definitiva, aun operando con el “discreto” significante, los analizantes logran por sí mismos modificar su posición subjetiva. Muchas veces en la transformación de su padecimiento, al darle un destino distinto a lo que antes de consultar se estancaba en sus síntomas.

En definitiva, así como en la construcción de sus trabajos Szpilka recorre diferentes tendencias y autores que le parecen errados para construir su propuesta, nos gustaría que hiciese un cuestionamiento de aquellos que hacen una clínica “desanclada” de un límite, que intentan “manipular” lo real “despreocupados” de la significación por vía de actos como son los cortes en sesiones brevísimas. O de los que intervienen a nivel del significante, desatendiendo todo significado por considerarlo ligado a lo imaginario o a lo narcisista, como si eso no incidiese con tanta fuerza como el significante en la vida del sujeto. Quizás Jaime aún lo haga, quizás esto sea más un pedido para satisfacer mi curiosidad acerca del tema que una necesidad de avance dentro de la sólida línea teórica que caracteriza su obra. Quizás hace a mi transferencia con Jaime, que me lleva a compararlo con Freud cuando no vacila en hacer críticas muy contundentes a aquellos que, apoyados en sus desarrollos, fueron más allá en tentadores caminos que muchos pensamos que abandonan el psicoanálisis, como Jung, Ferenczi, Adler, Stekel y otros.

Por supuesto que estas consideraciones críticas también deberían dirigirse a aquellos que apelan demasiado al yo o al exceso interpretativo por vía del significado, pero esa línea fue muy trabajada por Lacan y otros autores. No abunda, en cambio, una crítica a la llamada clínica de lo real cuando estandariza el acto desligado del límite ético que brinda el significante y el respeto al efecto de significado que vivencia el sujeto. En tanto Jaime es uno de los analistas más logrados dentro de esta línea ética, sería deseable poder debatir con aquellos que la traspasan y abundan en Latinoamérica. Tema que además es muy sensible, ya que formó parte de la exclusión de Lacan de la IPA.

También comprendo que quizás hace al estilo de Szpilka no confrontar sino afirmar sus ideas, y queda por cuenta de los lectores hacer las críticas. No olvidemos que el “estilo es el hombre”, al decir de Buffon, y Jaime es más pacificador que confrontativo. Logra en su decir dar argumentos muy intensos y enfáticos, pero evitando atacar a un adversario dentro de su retórica. Éste sería un buen ejemplo de cómo el significante avanza hasta un punto, deja algo sin decir y eso produce efectos; una omisión ya es un decir.

Por último, surge la pregunta de qué hacer si el límite es la palabra, cuando no se dispone del recurso significante o cuando éste se encuentra muy restringido, como en la clínica de borde (adicciones, psicosomática, anorexias, actos antisociales, etc.). Es un dilema para cada analista qué hacer cuando el recurso a la creencia en el inconsciente está vedado, ya que la operatoria inconsciente está rebalsada por la pulsión y el goce. Puesto que es una clínica prevalente en nuestros días, dado el discurso social vigente, sería interesante continuar algunas de las líneas trazadas por Szpilka para dilucidar cómo dar cuenta de estos desafíos clínicos.

Más que cuestionamientos son expectativas que nos presionan a todos los psicoanalistas, y esperamos ideas fecundas que permitan avizorar qué hacer con estos nuevos horizontes sin ceder el lugar a otras disciplinas.

En sus dos últimos libros Szpilka despliega nuevos matices de su capacidad de escritura, en la  La Tzibeles de 2013 nos encontramos con un libro de cuentos. Pero definirlo como un libro de cuentos o de relatos no es suficiente. A pesar de que se basa en cinco breves narraciones, dado el subtítulo “el absurdo de la identidad” y también considerando la introducción, donde se plantea a la identidad como el “ornamento de una nada”, comprobamos que va mucho más allá de una obra destinada simplemente a entretener o divertir al lector.

Al poco de andar el texto descubrimos al hombre conflictuado y paradójicamente signado por su origen, que queriendo sacárselo de encima termina atrapado como si fuese una sustancia pegajosa de la que nunca termina de despegarse. Lo que en realidad culmina siendo paradojalmente una identidad singular, es decir, no siendo idéntica a ninguna otra aun perteneciendo a la misma etnia o grupo social.

Me parece un relato muy profundo acerca de gran cantidad de temas que es difícil reducir a un simple análisis. Siguiendo la propuesta del libro, este cuento es un pequeño gran tratado de Filosofía y Psicoanálisis.

En su último libro “La razón psicoanalítica, una razón edípica” de 2014 nos encontramos que a poco tiempo después de haber escrito un hermoso y profundo libro de cuentos: La Tzibeles, que revela muchos detalles autobiográficos, Szpilka quiso retomar un libro anterior (“Creer en el inconsciente”).

Si los consideramos en pendant al libro de cuentos con este, diría que lo vívido de la inexistencia de una identidad -a la que Szpilka definió como “ornamento de la nada” en La Tzibeles- está retomado en este texto con mucha mayor erudición y profundización acerca de lo que quiso decir con “la nada”.

Para alcanzar esta demostración va avanzando con mucho fundamento, apoyado en la obra freudiana, en lo que denomina desnaturalizaciones, tanto en la evolución de la teoría psicoanalítica, como en el proceso de constitución subjetiva. “Desnaturalización” es un vocablo fecundo para desarmar las aspiraciones imaginarias naturalistas.

Este recorrido es una minuciosa tarea de deconstrucción conceptual para llegar a un par de conclusiones, propias de la capacidad subversiva del pensamiento que guía la escritura. Una conclusión es que la patología surge del fracaso de la desnaturalización, yendo en sentido contrario a los que toman a la naturaleza animal como modelo a alcanzar. La segunda es que si se pretende buscar cierta naturalidad de la razón humana, la naturaleza animal se menoscaba. Además, en tanto humano, el sujeto no tiene opción, se encuentra ya del lado contrario a las aspiraciones morales o de integridad narcisística sin mella de los modelos idealistas.

Cuando le da a la nada el valor de matriz del mundo, ubica el concepto de madre, que es lo máximo y lo imposible por la sanción edípica que tanto acompaña a la razón a lo largo de todo el libro.

Los filósofos en la primera parte del libro fueron dando lugar al psicoanálisis, es claro que es un psicoanalista el que está hablando de los filósofos. Luego entra de lleno en el psicoanálisis. Y en el otro extremo del libro vuelven a aparecer los filósofos, los científicos y los epistemólogos, dándole el psicoanálisis, o el psicoanalista lugar a esta reentrada. Siempre necesitamos a los amigos del psicoanálisis, aunque algunas veces los mejores argumentos surgen de los enemigos.

De esta manera vemos que su fructífera producción sigue avanzando, siempre rompiendo un nuevo límite alrededor de los complejos objetos del psicoanálisis.

 

ARTÍCULO DE JAIME SZPILKA PUBLICADO EN LA Rev.Psic.APM 47.06

FREUD Y LAS DESNATURALIZACIONES SUBJETIVAS

 

 

1. Lo natural y lo no natural

Muchas veces caemos en una visión simplista acerca del concepto de lo natural sin tener en cuenta la multiplicidad de significaciones que implica,  y lo idealizamos como si nos permitiera encontrar un suelo firme, un anclaje substancial , una materialidad originaria, una ontología real en la cual apoyarnos para encuadrar o definir al sujeto que queremos aprehender.  Así podemos entender a veces  por naturaleza como lo que es opuesto a la convención y  a veces como lo que contrasta con el arte, el espíritu y aún lo sobrenatural. Siguiendo el Diccionario de filosofía   (J. Ferrater Mora 1971 )  el contraste entre lo que es por naturaleza y lo que es por convención  ya fue tratado por los sofistas y por Platón , distinguiéndose  entre aquello que tiene un modo de ser que le es propio, o sea lo que efectiva y naturalmente es de aquello cuyo modo de ser ha sido determinado por un propósito humano.  Por ejemplo se discutió fundamentalmente si los vocablos del lenguaje y sobre todo los nombres son naturales o convencionales, al igual si las leyes  derivan de modos de ser previos o si resultan de un pacto o contrato social. Ser por naturaleza implicaría así  tener algo propio de sí y por sí, noción que se acerca a lo que Aristóteles  propuso en sus influyentes definiciones y que podríamos sintetizar como que la naturaleza es la esencia de los seres que poseen en sí mismos y en cuanto tales seres el principio de su movimiento, por lo cual la naturaleza de todas las cosas en tanto naturales  es lo que hace que la cosa posea un ser y por lo tanto un llegar a ser, es decir un movimiento, que les es propio.  Así una cosa  que no tiene ese principio de movimiento y de comportamiento, que las hace devenir y actuar con lo que es no tendría esa sustancia  que se llama naturaleza, por lo cual la naturaleza sería tanto la sustancia que subyace en la cosa como la causa que la hace llegar a ser lo que es.

Pero también el concepto de naturaleza adquiere una connotación positiva en el sentido de lo que no solamente es sino lo que tiene que ser y por lo tanto es bueno, como si lo natural fuese lo correcto y adecuado, el bien natural, el derecho natural, la ética natural, etc. Esa concepción no deja de enlazarse de algún modo con el pensamiento de ciertos autores cristianos como p.ej. San Agustín  que estimaba que en tanto creada por Dios la naturaleza es fundamentalmente buena. Lo malo en la naturaleza habría surgido por obra del pecado, lo que metafísicamente  se puede interpretar como un alejamiento de la fuente creadora, es decir de Dios. Por eso, para redimir el estado bueno de la naturaleza hace falta la gracia con el fin de arribar a la perfección.  Así la naturaleza ya no es aquello por lo cual la cosa posee su propia índole, sino que es la índole  propia de toda cosa creada por Dios. Por eso desde esta perspectiva el concepto de naturaleza se aproxima al de criatura, es decir al de lo creado por obra de Dios.  Dentro del pensamiento cristiano la naturaleza es por tanto más un concepto teológico que sólo se convierte en uno cosmológico por derivación.

Sabemos la importancia que tuvo en el pensamiento griego el concepto de Physis, que es la forma en que muchos filósofos presocráticos cantaban a la naturaleza, con toda su intensa significación  de producir, hacer crecer, nacer y engendrar. Así physis fue para los presocráticos la realidad misma , en tanto algo primario, fundamental y permanente, la sustancia fundamental  de que está hecho todo cuanto hay, el principio de todo ser. Así todo cuanto hay emergería  de esa fuente esencial de movimiento que podría ser  el ser o la realidad.  A esta lectura clásica vale la pena agregar como contrapartida la lectura heideggeriana  que rechaza que para los presocráticos  la psysis fuera  la emergencia de todo cuanto hay,  ya que los griegos no la concibieron a base de procesos solamente naturales  sino todo lo contrario a través de una experiencia poético- pensante.  Y a través de esa revelación pudieron vislumbrar a la naturaleza toda como lo que aparece y al mismo tiempo se oculta en su propio aparecer , en el sentido heraclitiano de que la naturaleza ama esconderse,  y por lo tanto no es lo inmediato que se nos presenta a la vista. Así la naturaleza en el sentido estricto de Physis significa tanto el cielo como la tierra, las piedras, las plantas, los animales, el hombre y la historia humana  como obra de los hombres y de los dioses, y finalmente los dioses mismos bajo el destino , así significa  el poder emergente  y el permanecer q1ue cae bajo su imperio.  Interesante lectura por supuesto que nos permite reescribir al concepto de ser no tanto como la presencia que perdura en el ente sino como el ente que adviene a la presencia, ocultándose en el momento mismo de su desocultamiento.

Y como olvidar a nuetro Ortega Y Gasset y a Dilthey,  para quienes el hombre no tiene propiamente naturaleza sino solamente historia. Así todo modo no histórico de concebir al ser humano podría ser una simplificación racionalista, y lo que hay fuera de la historia terminaría siendo irreal y utópico con lo cual se plasma el concepto de historicidad del “Dasein”, ser-ahí heideggeriano el cual está arraigado de cabo a rabo en la temporalidad.

Pero esté en juego lo que esté en juego en el concepto de naturaleza lo que nos importa recalcar es la idealización con que puede revestirse , el mito del sujeto natural que engendra, tanto en su versión materialista científica como en su versión teológico-cosmológica, como si fuera garante o testimonio de lo que el ser es en su realidad, como presencia que perdura en el ente, como postulado metafísico de la esencia, que coagula y dificulta por lo tanto el advenimiento del ser como ente que adviene a la presencia. Y lo que importa sobre todo es el riesgo de la clausura de la pregunta por el sujeto, dándolo por establecido en un cierre asegurado a veces por la respuesta biológica animal y otras por la respuesta teológica dogmática. Así por ejemplo cómo preguntar por qué es un hombre o qué es una mujer, fuera de la consideración del ser como advenimiento del ente a la presencia ? es decir en su radical historicidad y desprovisto por ejemplo del supuesto establecido canon natural de la división animal  entre macho y hembra.  Y así podríamos plantearnos un infinito para todas las interrogaciones sobre el ser y sobre todo sobre el llegar a ser como norma metafísica que legisla en relación a  la meta de la realización de cada sujeto.

Creo interesante  para terminar  este apartado ilustrarlo con dos posiciones que aún dentro de su complejidad hablan por sí mismas.  La primera se refiere al último libro del inteligente y profundo investigador A.Damasio( Damasio 2005 ), En busca de Spinoza.Neurobiología de la emoción y los sentimientos, donde se recalcan las palabras de Spinoza, ese fascinante panteísta, que dice que el objeto de nuestra mente es el cuerpo tal como existe y nada más. Así habría que buscar el sentido de lo más profundamente emocional y afectivo del ser humano en un suelo biológico profundo, recordando que Spinoza  refería las normas que gobiernan nuestra conducta  modeladas sobre un conocimiento que se pudiera conectar con el dios o la naturaleza que hay dentro de nosotros. Así la mente humana no sería más que la idea del cuerpo, y tanto la una como el otro no serían sino atributos de una única sustancia, de ese complejo “Deus sive natura” que arraiga en nuestra inalienable biología y que se manifiesta especialmente en nuestra afectividad. Así según Damasio cualquier emoción puede encuadrarse en un conjunto de respuestas químicas y neuronales, con el resultado de cambios temporales en nuestras estructuras cerebrales por lo cual el sentimiento , la base más sólida de la mente, sería la idea de que el cuerpo se encuentra de alguna manera comprometido con una determinada reacción, adquiriendo especial resonanacia  el enunciado spinoziano de que la mente humana es la idea o el conocimiento mismo del cuerpo humano, siendo el objeto de la mente nada más que el cuerpo que existe como tal.   Biología y naturaleza compleja por cierto dignificada y atravesada por la rica filosofía spinoziana leída de una manera particular por Damasio  donde se reconoce el parentesco con algunas de las ideas originarias sobre la naturaleza arriba expresadas.

La segunda ilustración parte de A.Kojeve  en su Introduction a la lecture de Hegel (Kojeve 1933 a 1939 ). Aquí el sujeto humano es postulado como autoconciente tanto de su realidad como de su dignidad humana, con lo cual trasciende el simple sentimiento de sí  específicamente animal. Tomaría conciencia de sí cuando dice por vez primera “yo”, por lo cual comprender al hombre es comprender en gran parte el origen del yo revelado por la palabra. Así el análisis del pensamiento, la razón el entendimiento y todo comportamiento puramente contemplativo, es decir pasivo, no ponen jamás de manifiesto el nacimiento de la palabra “yo” ni la autoconciencia. Cuando solamente se contempla se es absorbido por lo contemplado, y solamente un deseo vuelve al sujeto contemplante hacia sí. Es ese deseo el que instaura a un sujeto y a un objeto diferentes entre sí. El yo humano sería así fundamentalmente el yo deseante.

La realidad humana no puede constituirse sino en el interior de una realidad biológica de una vida animal- p.ej. el deseo de comer- que siendo condición necesaria de la autoconciencia no es sin embargo la condición suficiente de ella, ya que el deseo animal por si mismo solamente instauraría un mero sentimiento de sí. Para que haya autoconciencia es necesario que el deseo se fije sobre un objeto no natural, y lo único que lo trasciende es el deseo mismo. Antes de su satisfacción el deseo es  una pura nada revelada, presencia de una ausencia, y por tanto algo diverso de una cosa estática real y dada que se mantiene en la identidad consigo misma. El yo de deseos y que se nutre de deseos es otro de un yo animal, no se iguala a sí mismo sino que es negatividad que niega. Será más devenir que ser y su forma será más temporal que espacial, por lo cual su permanencia en la existencia significará no ser lo que es- en tanto naturaleza estática dada- y ser lo que no es-en tanto constante devenir. Así lo que subjetiva un deseo antropógeno como diferente de uno puramente animal natural es el hecho de dirigirse no hacia un objeto positivo dado sino hacia otro deseo. Así entre un hombre y una mujer el deseo se hace humano cuando se trasciende el cuerpo del otro deseándose su deseo, ser amado y mejor aún ser reconocido. Y dirigidos a un objeto natural la relación se humaniza en tanto mediatizada por el deseo de otro dirigiéndose al mismo objeto. Así sería humano desear lo que los otros desean porque lo desean. Y toda la historia se hace humana cuando puede girar en torno a los deseos deseados.

En esas dos ilustraciones van implícitas también diversas formas de considerar el valor del deseo dentro de las consideraciones psicoanalíticas en relación a la cura. En la postura de Damasio  podemos encontrar ecos de  un cierto empirismo naturalista para el cual  por ejemplo el deseo sería una pura ilusión suscitada por el lenguaje (A.Juranville l964 ) y entonces  donde hablamos de deseos deberíamos solamente hablar de necesidades o de instintos.  Así toda la discriminación freudiana del concepto de pulsión debería revisarse y quedar en entredicho, y la moral derivada de esa posición empirista consistiría también en establecer o restablecer en el sujeto la posibilidad de un dominio sobre el mundo donde el sujeto  deshaciéndose de la demanda y de la potencia que confiere al otro para complacerla o no,  pueda buscar los medios más adecuados y eficaces para satisfacer la necesidad. Así también se plantearía la cuestión de como considerar a  los estadíos de la libido refiriéndolos o a una seudomaduración natural  u organizados en torno a la angustia de castración en función del mal encuentro traumático que la sexualidad humana siempre implica.

Cuando se toma en cuenta exclusivamente al sujeto de la  necesidad como dato biológico natural el objeto de la misma  se torna  algo vacío de sentido,  lo cual no pone en causa el mundo del sujeto que  solamente  trata de recuperar una suficiencia perdida, pero en el mundo humano toda la necesidad queda atravesada por el fenómeno del lenguaje, y la alienación de la necesidad en el otro materno  va más allá de la dependencia biológica real de la misma,  ya que la necesidad retorna ella misma alienada en esa demanda al otro, universalizada y por lo tanto en pérdida respecto a su esencial particularidad, que solamente es testimoniada por el permanente secreto del deseo. Por eso también es importante destacar que lo natural, el cuerpo natural,  no es lo real, ya que lo real es siempre “a posteriori” en función de lo que no se puede decir porque se dice , en tanto aparece solamente dentro de la dimensión humana del decir, después de esa alienación en el otro que sume a lo anterior en la imposibilidad  de ser.

 

 

2. Significado, sentido y sin sentido

En el Proyecto para una psicología científica,( Freud 1895 )  plantea una posición capital para su intento de ubicar al psicoanálisis dentro de una ciencia natural.  El sistema desarrollado podría ser perfecto ya que presenta la función especial del aparato psíquico como un órgano destinado a inhibir la descarga  según dos modalidades esenciales : evitar la satisfacción regresiva alucinatoria a fin de poder encontrar al objeto de la satisfacción de la necesidad en lo real, y evitar el desprendimiento de displacer que proviene de las huellas mnémicas que se preponderan sobre las representaciones perceptuales reales. Las dos funciones estarían al servicio del principio de placer en consonancia con el principio de realidad, se aliarían contra la descarga de los llamados procesos primarios y asegurarían la marcha óptima del aparato. Bastaría eso entonces para toda consideración sobre la salud o enfermedad del sujeto si no hubiese aparecido  un convidado de piedra en la esencia del pensamiento freudiano como una complicación del principio de realidad y que podemos bautizar como principio de licitud. Después del cual evitar la regresión alucinatoria o el desprendimiento de cantidades de las huellas mnémicas no basta para asegurar el buen funcionamiento del sistema, ya que más allá de que se espere el adecuado objeto de la realidad, un aspecto libidinal del mismo será para siempre interdicto. Con lo cual podríamos plantear por una parte el principio de realidad y la represión  o defensa primaria  sobre la cual se apoya y por otra parte la represión del complejo de Edipo con todo su cortejo de censura, expresando realidades diferentes . Comparten la inhibición de la descarga en espera de la acción específica pertinente, pero en la represión edípica  se produce una inhibición definitiva de la acción a partir de lo cual el deseo fálico ligado a la representación materna se encuentra para siempre emplazado  por la amenaza de castración que articula el deseo a la angustia, girando alrededor de la representación inconsciente de cosa. Y podemos recién captar en su sutileza la concepción de que lo que es placentero para un sistema deviene displacentero para el otro, y por ende la brecha que se creará para siempre entre la “Befriedigung”, satisfacción de la necesidad y la “Erfüllung”, el cumplimiento del deseo.  Y es esa una razón fundamental para pensar que son las consecuencias de la inclusión del complejo de Edipo, la castración y la ley de interdicción, las que faltan al Proyecto de una psicología para hacer de él un sistema casi perfecto de aparato psíquico natural.

Así una primera gran desnaturalización subjetiva la  anuncia Freud  en su Introducción del narcisismo (Freud 1914 ). En efecto ya no se trata de plantear el conflicto en torno a la lucha de instintos del yo “versus” instintos sexuales,, como podría aparecer en una lectura simplista de Las perturbaciones psicogénicas de la visión (Freud 1910 ),  sino que se produce un salto cualitativo donde el conflicto se plantea en la lucha entre libido narcisista y libido objetal.  Al hablarse de narcisismo se atenúan las referencias a los famosos instintos del yo como parte del par de oposiciones, justamente porque ya no se habla sin más de las necesidades para la conservación biológica del sujeto, y se nos introduce a lo libidinal del yo, con lo cual ya no se trata solamente de asegurar al ser en torno a su conservación animal para lo cual habría que reprimir la sexualidad para evitar la disarmonía, sino que se prepondera un conflicto entre la imaginaria salvación de ser, fascinado para ello con alguna de las formas de la propia imagen inerte, suscitando ese profundo enamoramiento finalmente no realizable por la contracara de la agresividad, y la cosa , libido objetal, que el objeto reevoca en la investidura del otro como enigma y como riesgo, pero sobre todo como amenaza a esa unidad imaginaria y por tanto como castración . Y es tal vez de esa libidinización del conflicto, libido “versus” libido   se desarrollará posteriormente toda la cuestión de la pulsión de muerte, para destacar la lucha en torno al principio de placer-displacer ligado todavía a lo especular del narcisismo, a lo semejante en el otro, y el más allá del principio de placer donde se abre el misterio de “das Ding” la cosa en su no semejanza, en su identidad imposible, marcando el aspecto más dramático de la sexualidad como inceso, parricidio y castración.

Semejante desnaturalización aparece claramente marcada en el apartado III donde taxativamente  Freud plantea que los disturbios del narcisismo infantil  tienen su porción más significante  en el complejo de castración ( miedo a la pérdida del falo en el varón y envidia de pene en la niña).  Así el viraje se marca netamente cuando se interroga por el destino de la libido narcisista yoica, ¿en que se trasformó? ¿su monto integro devino libido objetal ?Y responde curiosamente que se puede entender algo de la cuestión solamente en relación con la psicología de la represión.  Las pulsiones libidinales sucumben a la represión cuando entran en conflicto con las representaciones éticas, en función del respeto del yo por si mismo. El amor a sí mismo vuelve ahora como rebote hacia el ideal transformado en sede de todas las perfecciones, transformándose en amor al ideal. Y no debemos olvidar que para Freud el desarrollo yoico consiste en un distanciamiento del narcisismo primordial  y en la ulterior aspiración por recobrarlo. No se trata de resignarlo, ya que daría lugar a una cierta melancolización del sujeto, a un achatamiento del deseo, sino de permitir una interesante dialéctica entre pérdida y anhelo de recuperación, mediante el amor o una acción sublimatoria. Pero lo importante es constatar que es desde la perfección ideal que los padres proyectaron alguna vez en el bebé , sin límites ni  normas, que se construye ahora el ideal parental, en el momento mismo en que sus límites y normas sustentan la primera represión, de lo que devino “nachträglich” libido incestuosa y que ahora se debe resignar. Como que para recuperar el narcisismo supuestamente primario perdido se hace necesario sostener una escisión intrapsíquica, primera represión de lo que devino incestuoso, escisión ignorada gracias a la cual el sujeto recupera una cierta unidad imaginaria. Y esto es fascinante , ya que para recuperar el narcisismo vía investimento del ideal del yo, recuperando una parcial unidad imaginaria, el sujeto debe entrar en la ley del Edipo y de la castración, resignar al falo con tal de conservar una cierta unidad imaginaria del ser,  escindirse, sostener una investidura reprimida inconsciente donde asentar la ahora devenida “maldad” libidinal. Como si recién ahora emergiera una cierta constitución subjetiva, ya que antes, cuando el narcisismo primario supuestamente era , no había signo que midiera la realización de esa función , y solamente cuando la medida aparece en el otro en su función de ideal del yo, “nachträglich”-retroactivamente-, se puede hablar de una anterioridad perdida proyectada ahora en el ideal donde el narcisismo intenta recuperarse.

El falo se hizo signo y en  su humillación frente a la perfección del ideal el sujeto adquiere la medida de lo que perdió sin haberlo tenido nunca en el antes y sin poderlo tener jamás en el después. Así solamente después de comprender la represión  se diferencia un yo ideal donde el bebé queda predicado por el otro como objeto de amor y de perfección, “his majesty the baby”, de un ideal del yo, donde el bebé queda a expensas del amor del otro ahora devenido ideal y subordinado a un deseo para siempre asintótico, donde se hace imposible hacer coincidir al yo con el ideal para recuperar el supuesto yo ideal.  Y por eso es imposible plantear la “nueva acción psíquica “ que postula Freud en el pasaje del autoerotismo al narcisismo sin pasar necesariamente por la función fundamental del ideal del yo estableciendo al narcisismo siempre “Nachträglich” desde lo perdido.

Erigir entonces un ideal y quedar marcados como humanos implica entonces que la vida  no vale la pena de ser vivida por ella misma, y en su desnaturalización la vida por la vida misma no vale la pena si no tiene un sentido, sentido que paradójicamente está fuera  de la vida misma.  Pero lo único que está fuera de la vida otorgando un sentido es el significante, y en tanto el significante atraviesa para  siempre nuestra vida de cabo a rabo, podemos pensar que vivimos más para salvar nuestro buen nombre o nuestro honor  que simplemente nuestro cuerpo biológico, trascendiendo así cualquier racionalidad natural de acuerdo a fines de supervivencia. Porque hablar de significante es justamente desnaturalizar al representante representativo de su función natural racional perceptual para otorgarle una función simbólica por excelencia, a la cual el sujeto queda para siempre subordinado.  Y es por esa razón que podemos hablar en psicoanálisis más allá de la vida y de la muerte a secas, de Eros y de Tánatos, como la subversión del instinto sexual por mor del significante, como la satisfacción que se puede tener dentro de la ley del principio de placer en conjunción con el de realidad, Eros, y como goce de la mortificación que el significante instala en el cuerpo erógeno, Tánatos.  Así cobra sentido y vigencia una compulsión repetitiva que nos gobierna y nos solicita desde lo que no fue, no es y no podrá ser, más allá del principio de placer, como repetición insaciable de la pasión por el significante mismo que se constituye en meta  más allá de cualquier meta natural de la realidad.

En Inhibición síntoma y angustia  (Freud 1926) corona toda esta cuestión realizando a mi entender un fenomenal viraje cuando indaga  en la espinosa cuestión de la significación psíquica. Cuando hablamos de razón y de racional en cualquiera de las versiones, psicológica, epistemológica o metafísica, no podemos dejar de  aludir a un núcleo duro que se nutre de la clásica afirmación parmenídea sobre la absoluta racionalidad de lo real  y la negación de todo lo que no es absolutamente claro a ese pensamiento, basado fundamentalmente en  el principio ontológico de identidad.  Así el ser la verdad y la razón coincidirían en dar cuenta de lo que es.  Estas consideraciones culminan ejemplarmente en la gramática especulativa medieval, cuyos lógicos distinguían  y relacionaban entre sí el modo de ser, el modo de entender y el modo de significar. Así se llegaba al ente  como una objetividad detrás de la cual ya no habría nada que preguntar, lo que se hace patente  en la clásica enunciación  “Ens unum, verum et bonum convertutur”, con lo cual podríamos decir que se instituye una relación casi necesaria y en cierto sentido natural donde no hay ningún sujeto sin objeto y ningún objeto sin sujeto.

Pero por otro lado sabemos que desde Freud   la jubilosa promoción de la racionalidad del sujeto humano, unida a su condición de sujeto parlante, y la fascinación por la aristotélica ilusión de la identidad definitoria del hombre como animal racional   que le permitiría encontrar  la verdad del ser devino finalmente también en ruinosa desgracia, delatándose  como mito retrospectivo creados por la palabra misma, ya que esta nos impone aquello que finalmente nos torna imposible. Y así entramos en la curiosa dialéctica  que como psicoanalistas no debemos perder: porque se dice se puede decir y porque se dice no se puede decir.  Y no es que lo racional no vuelva  a establecerse en el idealizado acto de hacer conciente lo inconsciente, ya que lo único irracional es el modo de producción inconciente que disimula y corrompe un pensamiento plenamente racional  obviado por la censura y que se reinstala después de la interpretación, sino que la cuestión del significado en su racionalidad natural misma es lo que se cuestiona una y otra vez, ya que la misma significación es la que vacila. Es decir que la naturaleza de la racionalidad es la que está perpetuamente en cuestión, porque  el inconciente no solamente implica en su máquina productiva una caída de la racionalidad al acogerla bajo leyes distintas de las aristotélicas ( identidad, no contradicción, tercero excluido) sino que manifiesta aún en la racionalidad supuestamente recuperada la maldición que se gesta en el ser por el acto del habla.

Por eso volviendo al Freud de Inhibición síntoma y angustia, debemos destacar la importancia de despojar a la  angustia de cualquier mira naturalista en torno a simples cantidades o desbordes de excitación, inscribiéndola en una lógica específicamente humana. Y es la dimensión que conviene cercar al insistir en que el problema central de la angustia gira en torno al falo y a la castración, de lo cual el apartado IV da buena cuenta.  Porque inmediatamente surge la pregunta, ¿ que había antes en relación a la angustia?, a lo cual podríamos responder con Freud que una problemática que no tiene significación psíquica inconciente alguna. Y la cuestión de esa significación es crucial para el establecimiento de una creencia en el inconciente. Es la condición mínima para  que un sujeto sufriente acuda a un psicoanalista  esperando una cura sustentada en la recuperación de un sentido y de un significado faltantes.

¿Qué quiere decir entonces que algo no tiene significación psíquica y cuando comienza a haberla?  Es una pregunta crucial ya que de otro modo no sabríamos concebir una problemática en torno a la represión , a su fracaso y al retorno de lo reprimido, ya que fuera del campo de significación no sabríamos qué reprimir y que represión deshacer, ya que esta no se produce sobre la naturaleza bruta del instinto. Freud mismo es taxativo cuando insiste en el trabajo que comentamos en  que lo que se reprime es fundamentalmente la castración, es decir que se reprime lo que nos reprime, con lo cual cualquier naturaleza en juego desaparece transformando en mito el concepto de hombre natural. Y es aquí entonces donde incide  en todo su valor la introducción del concepto de falo (Freud 1923 ) (Lacan 1966 ), ya que es a partir de allí que la significación psíquica inconciente se va a instituír. Así se dona significación a todas las cosas del mundo, desde las más simples, mesa, silla, hombre, mujer,etc.  y se convoca al concepto de significación mismo, es decir, qué quiere decir significar, ya que siguiendo al Freud de Inhibición síntoma y angustia, la problemática que pasa por ejemplo por el sólo trauma de nacimiento o por la angustia frente a la pérdida de la percepción materna, aunque generen angustia no tienen aún significación psíquica.

Eso nos convoca a una meditación sobre el radical apartamiento de una semiología psicoanalítica de cualquiera otra, en la cual ni el concepto de inconciente ni el concepto de falo entran en consideración. Y también nos lleva a reflexionar dentro del campo psicoanalítico mismo lo que diferencia a una simbolización débil de otra fuerte o propiamente dicha. Por simbolización débil podemos comprender todo lo relacionado con lo que emana de una cierta alianza con una psicología evolutiva en donde la constitución del lenguaje gira esencialmente alrededor de la progresiva donación materna donde se significan emociones o sentimientos asignándoles palabras. Por ejemplo, el niño tiene frío, hambre, sueño, terror etc. y  donde las palabras reducen , absorben , contienen, metabolizan  y dan cuenta en su decir lo que se intenta significar. Aquí el niño se constituye en la donación materna  y no aliena su ser en la palabra sino que lo realiza. Pero justamente por esto no es aquí todavía  donde se constituye ni privilegia nada del campo de lo inconsciente.

Y si podemos hablar de un campo de simbolización dura o propiamente dicha es porque consideramos que la simbolización en sentido estricto comienza en torno al concepto de falo y de castración, e implica un deslizamiento de todo lo que intenta absorber, reducir, metabolizar, contener, etc. hacia una hipótesis significacional donde preguntarse por lo que significar quiere decir, en lugar de una realización del ser implica una alineación irreductible, donde la constitución del inconciente y la instalación de la represión tienen todo que decir. Desde esta perspectiva psicoanalítica, la semiología y la semántica no pueden prescindir  del núcleo esencial de la hominización en torno a la problemática edípica.. Así la significación primordial pasa por un agente paterno  que profiere míticamente “ con ésta mujer no, esta mujer es tu madre”(Szpilka 2002 )  Y aquí comienza el intríngulis de la cuestión, porque por empezar la significación va precedida por una negación y por continuar no se sabe que quiere decir que esa negación se articula con algo que se nomina como madre. Porque la madre, desde una semántica débil, la que no aliena, puede referirse a una simple cascada empírica de un mundo perceptual organizado, como la mujer que da la vida, que alimenta, que es tierna y cariñosa o no, que tiene tal color de ojos, tal pelo, tal contorno etc. Pero en realidad, con esa mujer no, esa negación articulada a una nominación , la madre, la mujer del padre, se instituye una interdicción del goce en lo real, y no de un goce cualquiera, el que podría ir unido a la preservación vital, sino de un goce fálico singular. Y sería en el seno de esa interdicción fundamental que anida la emergencia de la significación, ya que todo lo que se signifique después en la vida no es otra cosa que lo que se construye sobre ese pilar  interdictivo, base del habla y del discurso en general. Así “madre” pasa a ser el primer significado en tanto referido a una interdicción del goce fálico en lo real, y más aún, daría la razón de lo que significar implica, en tanto en cualquiera de las infinitas interrogaciones posteriores refiere monótonamente lo mismo : interdicción del goce absoluto en lo real, una negatividad y una ausencia en lugar de una cosa natural significada del mundo. Por eso mientras en la simbolización débil o blanda se dá el júbilo de lo que la palabra puede por fín decir, dándose lugar a la tautología “ porque se dice se puede decir”, en la simbolización fuerte o dura, la propiamente dicha, la que propicia la estructuración del inconciente, el júbilo se vela porque se da  lugar a una enunciación paradójica “porque se dice no se puede decir”. Entonces mientras que en la primera se sabe o al menos se pretende saber  aquello que se simboliza , de lo cual daría razón el referente ostensivo, en la segunda ignoramos lo que se simboliza y solamente podríamos decir que se simboliza aquello que por simbolizar cae como efecto del acto de simbolización mismo. Pero aunque el significado recobrándose de su vacilación y velamiento pueda ahora tener una referencia ostensiva en la madre externa como tal , no puede suturar la apertura al mismo tiempo  de un sentido para siempre ignorado. Y podemos ahora sí hablar de un aparato de represión  ya que antes de esa constitución originaria no había nada para enmascarar ni disimular ni esconder ni a nadie a quien temer, ningún sentido ni ningún sin sentido, con lo cual no había posibilidad de enmascarar una imposibilidad de goce con lo real con un significado imposible también de reducir.  Y no se nos escapa que en todo ese proceso podemos vislumbrar como la represión originaria, primaria y secundaria, se instituyen en una constante cadena de “Narcträglichkeit”-retroactividad-, donde la significación interdictiva desencadena en su secundariedad  la transformación de una represión supuestamente originaria en una represión primaria eficaz con un significado inconsciente donde representación inconsciente de cosa y representación de palabra crean nexo desde espacios discriminados,  ya que el hablar del antes sería solamente un puro bla bla bla gozozo.

Por eso el falo y la castración dan cuenta del momento donde se inaugura el pasaje del peligro de la pura muerte animal al riego de la constitución del sujeto humanizado en su atravesamiento significante. El falo crea  así significación , separación de lo real, en tanto aparece como índice de la medida de lo que le falta a todo sujeto humano en la relación instintiva natural con el otro, en tanto medida del goce que falta a toda relación dual entre la madre y el niño, en tanto medida de la interdicción del goce que hace que todo otro no sea más que un significante de si mismo, es decir que está atravesado en su naturalidad por la simbolización que lo vela, haciendo que como naturaleza sea para siempre jamás inencontrable. Y así el instinto deviene pulsión en su relación para siempre fallida con lo real, y por lo tanto exige del “plus” sublimatorio para ilusionar ese reencuentro, en el arte, en la ciencia y en cualquier hecho cultural que persigamos. El falo es además la boya inconciente de todo decir , ya que todo decir sostiene la falta que el falo delata en su imposibilidad.

Pero una vez instituido el campo del significado, del sentido y del sin sentido se abre una dimensión en la que el sujeto testimonia festeja y lamenta la emergencia del sentido con el sin sentido en la eterna conjunción donde se alían la epifanía y la ruina. Porque la vida humana nunca más tendrá sentido en sí misma sino alrededor del reto de esa interdicción, con lo cual se profiere morir no por muerte natural y matar no para comer, sino morir y matar por el puro deseo de anular la interdicción así constituída.

Y desde aquí adquiere todo su sentido el magnífico trabajo  La negación (Freud 1925 )  ya que no en vano lo inaugura  con “usted pregunta quien puede ser la persona del sueño, mi madre no es “. Pero ese “mi madre no es” implica  ya una respuesta negativa a otro en el que primero se creyó, “ésta es tu madre”. Freud dice que solamente así entra lo reprimido en la conciencia, una suerte de aceptación intelectual que aunque luego evolucione hacia una aceptación más plena de lo reprimido deshaciéndose la negación y consiguiendose un “sí, es mi madre” como respuesta no por eso implica la cancelación de la represión toda. Podríamos decir más bien que el síntoma o formación del inconciente correspondiente que se anunciaba como represión fracasada y retorno de lo reprimido, deja de insistir como interrogación fallida “ ¿ qué es ser mi madre ? para velarse detrás del significado tautológico justo “mi madre es mi madre”, instalando ahora al sujeto en una nueva y adecuada represión. Freud habla de “Aufhebung” –levantamiento, cancelación-apuntando con Hegel a que algo se cancela tanto como se mantiene. Así la primera aceptación que aparece después de negar la negación, “ sí, es mi madre” padece de una cierta pérdida en relación con la verdad,  como si entre la afirmación originaria , la postulada como afectiva, la pura huella de una carga en lo real resignada y la afirmación posterior, la que resulta de la negación de la negación, se estableciera toda la distancia entre la verdad como imposible y la pequeña migaja de saber intelectual. Freud alude a que algo de lo real de la cosa- ¿ lo reprimido primario? Es irreductible a una total negativización en el campo de la palabra, como que no puede reabsorberse en ninguna representación que termine de mentarla, como que la “Sachvorstellung”-representación de cosa apalabrada, mundana- no se agota en su conjunción con la “Wortvorstellung”-representación de palabra- ya que queda siempre algo de la enigmática cosa, la “Dingvorstellung”-representación de cosa no apalabrada, fuera del mundo- que apunta a lo no negativizable de lo real. Freud se hace así tanto hegeliano como antihegeliano haciendo honor a la dialéctica en tanto enuncia finalmente que no todo lo real es racional, ya que lo racional engendra lo mismo de lo que después padece, es decir a lo real mismo como faltante. Y por eso podemos pensar que quién acude a un psicoanalista demandando un psicoanálisis es un sujeto que creyendo en el inconciente, apunta a su olvido fundamental, su represión originaria devenida represión primordial, cuando en el fracaso de la represión propiamente dicha no busca reinstalar solamente un nuevo significado referencial objetivante, sino que apela al recorrido infinito del sentido soportando enfrentarse a la castración drl sin sentido. Es decir que soporta perderse en el momento mismo en que pretende encontrarse. Y tal vez aquí resida una de las claves diferenciales esenciales entre una psicoterapia psicoanalítica y un psicoanálisis propiamente dicho.

 

 

3. Más allá de la racionalidad biológica de acuerdo a fines

La misma desnaturalización subjetiva definida en Introducción del narcisismo se continúa con mayor intensidad  en Más allá del principio de placer (Freud 1920 ) con la postulación de la pulsión de muerte, que a mi juicio no implica un viraje de que la armonía subjetiva , la supuesta armonía natural, se arruina por intervención de la agresión o de la destructividad, sino para destacar más aún lo que insiste en la esencia del concepto de pulsión , el famoso factor, lo “Triebhaft”-el factor pulsionante- como lo absolutamente no satisfacible en lo real del sujeto humano atravesado por lo simbólico, es decir lo que se resiste en última instancia a cualquier integración que proponga el mito imaginario de un Uno de significación mundana. Asisitimos así a la paradoja  de que la pulsión de muerte- ¿ o acaso la pulsión a secas?- salva, ocupando el lugar de subversión que antes ocupaba la sexualidad- ¿sexualidad como instinto, sexualidad natural reproductora?-  de la supuesta armonía natural que estaba a punto de reinstalarse  cuando ya no había conflicto entre instintos del yo e instintos sexuales  ya que todo estaba colonizado por la libido y solamente había conflicto entre narcisismo y objetalidad.  Se instala entonces una nueva quiebra abriéndose la posibilidad de una inscripción de un inconciente más radical si cabe. Así la sexualidad recupera su lugar subversivo y se destaca en su verdadera esencia anotándose en el campo pleno de la pulsión.

Entonces la simple vida animal, la que funcionaría con una racionalidad biológica de acuerdo a fines de supervivencia, y donde el principio de placer en conjunción con el principio de realidad se armonizan, sufre un  salto subversivo con la presencia del orden simbólico y la ley. La pulsión de muerte da cuenta así del desvío que en el sujeto humano se ha producido por el atravesamiento significante y se refiere entonces más a la muerte  de lo animal en lo humano, a la restricción de goce que impone el significante- en tanto todo objeto del mundo al igual que el propio sujeto devienen finalmente significantes de sí mismos, con lo cual entre todo concepto y toda realización se produce una distancia insuturable- que a cualquier cuestión relacionada con la muerte empírica. Así daría cuenta de la mortificación del cuerpo sexual natural por mor de lo simbólico que lo complica, siendo por ende la más pulsional de las pulsiones, o mejor dicho la expresión más radical de la transformación del instinto en pulsión.

Freud da un salto más allá de los sueños de las neurosis traumáticas y más allá de la experiencia repetitiva del juego infantil, porque no encontraba todavía en esas manifestaciones razones suficientes para hablar con propiedad de una compulsión repetitiva específica más allá del principio de placer. El viraje básico se produce en el capítulo III donde nos dice que las resistencias del yo concientes y preconcientes están al servicio del principio de placer para ahorrarse el displacer  de la emergencia de lo reprimido, pero que aún no habría contradicción al princio de placer-displacer ya que se trataría solamente de la contradicción entre sistemas, displacer para lo conciente pero placer para lo inconsciente. Y en éste lugar aparece recién el asombroso hecho de que la compulsión repetitiva devuelve también antiguas experiencias que no solamente no tienen posibilidad actual de placer sino que no lo tuvieron tampoco en el el momento de su aparición. Así hay una compulsión repetitiva al servicio del principio de placer, y otra más específica, más allá del principio de placer en relación a lo que nunca pudo producir real satisfacción.  ¿Qué pulsiones son y porqué?  ¿ O es que se trata ni más ni menos que de las consecuencias del salto del instinto a la pulsión, de la sexualidad natural animal al estatuto de pulsión? Así Freud continúa  hablando del “Untergang”-hundimiento- al que estaba destinado el temprano florecimiento de la sexualidad infantil donde los deseos nunca podían conciliarse con la realidad. Toda la sexualidad se fue a pique “Zugrunde gehen” en medio de gran pena y dolor dejando una escara narcisista que constituye la base primordial del sentimiento de inferioridad de los neuróticos. Lo llamativo entonces es que la esencia de la compulsión a la repetición más allá del principio de placer se encuentra en ese núcleo constitutivo de lo edípico. Son pulsiones que no están destinadas a realizarse, o mejor dicho, son pulsiones porque están destinadas a no realizarse, en tanto expresan la mortificación impuesta al cuerpo sexual natural por el imperativo categórico paterno donde hay un goce con la madre que no puede ser. Y es esa restricción de goce fálico con lo real  la que como compulsión repetitiva insiste más allá de toda huella de posible satisfacción. Pura insistencia en gozar de lo que no fue, no es  y no podrá ser, y por eso es repetición más allá del principio de placer, ya que la repetición dentro del principio de placer es la pura repetición animal de lo que fue, es o puede llegar a ser, en tanto nada de lo real sufrió merma alguna por mor de lo simbólico. Es así la insistencia de la repetición pasional del significante que marca edípicamente nuestra vida humana , más que repetición instintiva del ciclo biológico que marca nuestra vida animal.

En el capítulo V del trabajo que estamos citando Freud insiste en que una supuesta pulsión de perfección solamente  podría comprenderse como resultado de la represión pulsional misma. Así todas las formaciones sustitutivas y todas las sublimaciones no bastarían para cancelar la tensión pulsional, y la diferencia constante entre el placer de satisfacción esperado y el hallado engendraría  lo  “Triebhaft”-el factor pulsionante-  que no admitiría ningún aferramiento a lo establecido, sino que acicatea siempre hacia delante sin ninguna domesticación  y sin perspectiva de ninguna meta ni clausura, ciegamente. Cada nueva repetición aspira al imposible cero del nirvana y al mismo tiempo instituye un cero imposible. Y así el sujeto se tambalea entre Escila y Caribdis, hacia atrás la pulsión no puede regresar para satisfacerse y hacia delante queda sujeta a una realización asintótica. Capturada en el orden simbólico cada desligazón tropieza con una nueva ligazón  y cada intento  de escapar a la captura significante implica una nueva sujeción. Por lo cual para definir sintéticamente la relación entre pulsión de muerte y compulsión a la repetición más allá del principio de placer-displacer en relación con lo ligado y lo no ligado, podemos proponer que la pulsión de muerte da cuenta de lo desligado que insiste y se resiste en ligarse en función de la ligazón que insiste en efectuarse. No es lo puro desligado sin más, sino lo que insiste en desligarse en función de una ligazón que perpetúa la diferencia para siempre jamás  entre la satisfacción aspirada y la hallada por obra de la represión(Szpilka 1999). Y dando un paso más podemos decir que la pulsión de muerte es lo que se resiste e insiste como pulsión –efecto de una diferencia y búsqueda de una anulación de la diferencia- en función de la represión establecida por la estructura hominizadora del Edipo.

Por eso creo que vale la pena repasar los diversos sentidos del concepto de compulsión repetitiva. Hay compulsiones repetitivas que son intentos de ligar magnitudes para equilibrar el aparato psíquico y permitirle funcionar finalmente bajo el imperio del principio de placer-displacer, pero hay otras más trascendentes que ilustran lo esencial del funcionamiento pulsional, como cuando Freud define a la pulsión como un esfuerzo inherente a lo orgánico de reproducir un estado anterior. Pero aún aquí hay todavía un exceso de naturalización de la cuestión  que cobra recién todo su sentido  en el momento en que el proceso comienza a depender de la diferencia entre lo esperado y lo hallado.  Hay compulsión a repetir no solamente para ligar magnitudes desbordadas, sino porque la pulsión tiene en la repetición uno de sus fundamentos, no como entelequia natural, sino en función de que lo “Triebhaft”-factor pulsionante- emerge en una dialéctica donde se perpetúas una diferencia sempiterna entre lo esperado y lo hallado por mor de lo simbólico y de la ley, que hace que no haya vuelta atrás- ¿hacia lo previo a lo simbólico?- ni resolución hacia delante –ya que no hay meta-. Por eso frente a la compulsión repetitiva  en tanto mera repetición de un estado anterior, nos encontramos con la compulsión a repetir del factor pulsionante, que solamente puede repetir lo anterior, cuyo camino está obstruido, bajo la forma aparente de lo diferente y de lo nuevo. De la imposible repetición de un mítico haber sido se salta a la repetición de lo que nunca fue, nunca es y nunca podrá ser. Y por eso se repite.

Por eso es lícito pensar  que en Más allá del principio de placer  Freud descubre que la articulación del principio de placer –displacer con el principio de realidad  no es suficiente pàra entender la especificidad del fenómeno humano. Bastaría para dar cuenta de una racionalidad de acuerdo a fines de supervivencia propia de la vida animal. De allí que no pueda dejar de entrar a jugar el mito de la asunción legal, anticipado en Pegan a un niño ( Freud1919 ) donde se articulan el dolor la ley y el goce “mi padre me pega mi padre me ama”. Y si según postula  en El problema económico del masoquismo” (Freud 1924 ) después de discriminar el principio de nirvana como búsqueda del cero absoluto, del principio de placer-displacer como búsqueda de la constancia, el imperativo categórico de Kant queda como heredero directo del complejo de Edipo,  se puede entender que la pulsión de muerte solamente cobra sentido en torno a las diferentes viscisitudes del masoquismo erógeno, femenino y moral. Es el sentimiento inconsciente de culpa  y la necesidad de ser castigado por un poder parental, que apunta en lo aparentemente más primitivo de lo oral- la angustia de ser devorado por el animal totémico- esclareciendo así el sentido más profundo de ese masoquismo.

Ahora bien, si se “quiere” gozar de todo  aún del significante que mortifica  al cuerpo erógeno- por ejemplo el instrumento de tortura del sádico- hay que gozar aún del propio dolor o de la propia destrucción, pero si se quiere tener solamente “placer de la vida”, haciendo coincidir al placer con el bien del sujeto, una negatividad radical debe ser aceptada y tolerada en silencio. Así en silencio dice Freud que labora la pulsión de muerte. Pero para que ese silencio radical se instale , para que la pulsión de muerte no haga ruido, ya que lo hace solamente a través de la libido, el puro y simple placer animal de la vida debe cobrar un sentido absoluto, evitándose la contaminación  de la pregunta por su sentido, es decir evitando a toda costa su sin sentido. Por eso no es de extrañar  que lo que pueda interesarnos de la teorización de la pulsión de muerte implica en la clínica  los efectos del dolor de existir y del sufrimiento que nos impone el malestar de la cultura. El goce en el síntoma, la compulsión a repetir en la transferencia, la reacción terapéutica negativa, el masoquismo en sus  múltiples variantes, el fracaso frente al éxito etc. no son sino algunas de las manifestaciones en donde la dirección de la cura nos induce a pensar una y otra vez esa cuestión.

 

 

4. La paradoja ética

He sostenido varias veces  que más allá de las controversias entre psicoanálisis y psiquiatría  y de cualquier hipotética cura biológica futura de los conflictos psíquicos, lo que podemos resaltar y sobre todo después de las desnaturalizaciones anteriormente referidas, es que hay un espacio irreductible del psicoanálisis  y de la analizabilidad que gira alrededor de una estructura de base que le permite a un determinado sujeto creer en el inconsciente, y por lo tanto franquear el soslayamiento de un conflicto ético que subyace en cada una de sus formaciones sintomáticas. Así esa creencia inicide en el estatuto ético que el inconsciente mismo implica y deviene la condición mínima para que un sujeto acuda a otro para que termine de decirle algo sobre la verdad de su ser, pero para ello es indispensable una ordenación en la cual el complejo de Edipo desempeña un rol esencial. Es a partir de la mítica creencia en la palabra interdictiva del padre creando ese significado originario materno como merma del goce en lo real que se seguirán todas las vicisitudes futuras del significado, el sentido y el sin sentido.  Así en los momentos de transferencia positiva cualquier “mentira” del psicoanalista puede pasar por verdad, e inversamente en los momentos de transferencia negativa cualquier “verdad” puede pasar por mentira.

Así, las expresiones del sufrimiento psíquico que los psicoanalistas atendemos, y para las que no habría sustitución posible, son las derivadas de un conflicto ético que no se pudo ni recorrer ni elaborar. Crear las condiciones para esa posibilidad constituye la especificidad de nuestro espacio, en tanto lo que caracteriza la humanidad de un sujeto , trascendiendo toda ética así llamada natural, gira alrededor de una paradoja ética conflictiva que además constituye una paradoja lógica, totalmente inexistente en la racionalidad biológica de acuerdo a fines de la vida animal, y que podríamos caracterizar como que hay un Bien en el Mal  y un Mal en el Bien, justamente por haber quedado capturados en nuestra humanización por la  lógica de la estructura edípica (Szpilka 2002 ).

Donde la cuestión ética adquiere una nueva relevancia es sin duda en la revolución kantiana. Todas las grandes éticas griegas y latinas que se transmitieron a occidente a través del judeocristianismo no dejaban de relacionar al bien con la felicidad. Así Platón, Aristóteles, los epicúreos, los estoicos etc. siguieron de alguna manera el mismo canon. Existe el Bien y uno se siente bien en él, como si hubiera una cierta disposición natural y una posibilidad  en el ser humano  de lograr una armonía unida a la plena realización de su ser.. Ya sabemos de la crítica que hace Freud a esa posibilidad en El malestar en la cultura (1930 ).  Pero en la crítica de la Razón práctica (Kant 1788 ) se inaugura una nueva reflexión  que será decisiva a mi juicio para el posterior aporte freudiano. Rompe con las consideraciones éticas anteriores, por ejemplo que la felicidad esté en la virtud-estoicos-  o que la virtud esté en la felicidad-epicúreos-  evidenciando que se está aquí en lo menos trascendente de la cuestión.  Lo que importaría realmente es la ruptura del lazo imaginario que une el Bien con el bienestar, ya que no hay una relación inmediata con el bién y con el mal, que  plantearía una ética natural, antes de la aparición de la ley moral, por lo cual nada es bueno o malo en sí antes de estar atravesado por la ley misma.

Pero esa complicación es la que justamente nos abre el camino para la reflexión freudiana aunque también la dificulte. Por ejemplo, la sutil distinción kantiana del bien y del mal fundamentados por un lado en una empiria subjetivista basada en la experiencia del placer y del dolor, y por el otro en un objeto formal “a priori” que permite una universalidad soportada por una ley general es enormemente fecunda. En alemán se diferencia con precisión “Gute” y “Wohl”, lo bueno moral y lo bueno en función de lo agradable y de lo placentero para el sujeto, su bienestar. También se diferencia entre “Böse” y “Weh”, lo malo moral y lo malo en función de lo desagradable y displacentero para el sujeto, su malestar.  Y cuando esas distinciones no son tomadas en cuenta corremos el riesgo de asumir una linealidad evolutiva simple que no subvierte la relación entre “Gute” y “Wohl” y entre “Böse” y  “Weh”. Así se puede constituír una continuidad ingenua entre las primeras buenas, agradables y placenteras relaciones objetales originales, que instaladas adecuadamente permitirían la construcción del núcleo “bueno” del yo y del superyó, y otra continuidad ingenua que va de las malas, desagradables y displacenteras relaciones con los objetos originales , que impedirían la instalación del “bien” y por ende la superación de la ambivalencia etc. Así advendría el núcleo “malo” del yo y del superyó en un camino directo desde un sadismo pregenital natural que sería causa determinante de todo el conflicto edípico en tanto dificultaría toda elaboración de la temprana ambivalencia. Todo el acento quedaría desplazado de lo incestuoso hacia lo instintivamente destructivo, siendo el citado sadismo primordial el pivote de elaboración esencial.

En cambio en la consideración freudiana del Edipo como estructurante de un sujeto histórico y de un sujeto del inconsciente, “Gute” no se desprende de “Wohl” y “Böse”  no sigue linealmente a “Weh”, sino que se produce un entrecruzamiento radical que culmina en todo lo contrario.  Todo lo que se relaciona con el “Wohl” del sujeto va a terminar articulándose con “Böse” y todo lo que se relaciona con el “Weh” del sujeto va a terminar articulándose con “Gute”, Así la originalidad de la encrucijada freudiana  apunta a la afirmación de que lo que es placentero para un sistema es displacentero pasra el otro, ya que es en el momento de la interdicción que el Edipo pone en juego lo bueno y lo malo ligados a una experiencia empírico-naturalista sufren la radical subversión  que hace que todo el aparato caiga bajo el peso categorial de la ley.  Así se constituye la paradoja de que un sistema no acompaña al otro  en la misma experiencia, y entonces el amor no es bueno en sí mismo, puede ser malo si no se ajusta a la ley-el incesto-, y el odio no es malo en sí mismo, puede ser bueno si la cumple-eliminar en la guerra al enemigo-.

Por eso creo tan importante tomar en cuenta la pérdida de la concepción absoluta del Bien y del Mal, que puede reconsiderarse como que hay un Bien en el Mal y un Mal en el Bien, ya que el mal y el bien moral alteran substancialmente el subjetivismo empírico del sujeto.  Pero esa paradoja ética y lógica, que de alguna manera Freud mismo denuncia  en la injusticia y en la reverberación narcisista que permanece  en la regla de oro clásica de la ética “ama a tu prójimo como a ti mismo, no puede implicar una relativización absoluta que induciría a una total indiscriminación entre el Bien y el Mal. El límite está dado por la imputación o no al otro de la propia escisión subjetiva y del propio dolor de existir.  Aquí reside a mi juicio el argumento esencial y la única razón ética que podemos esgrimir frente al sádico, al torturador , al fanático destructivo, al asesino etc.  en tanto imputar al otro la propia escisión subjetiva y el propio dolor de existir, despojándose de la escisión propia y del dolor propio de la existencia, le despoja al mismo tiempo de su condición humana, sostenida fundamentalmente por la pérdida de la relación natural con el mundo.  Desde esta perspectiva podríamos despojar a la ética de cualquier remanente narcisista, tal cual lo pretendía Kant con su deseo de un total desprendimiento de cualquier migaja de eudemonismo, donde habría siempre una sospecha de hacer revertir en el propio sujeto el bien realizado al otro, encumbrando su propio narcisismo y quedando por ende  escabullida la ignorancia del propio inconsciente y de la propia división subjetiva.

Por eso creo que vale la pena reflexionar en esos espacios de desnaturalización subjetiva , tomando en cuenta la particularidad del significado, el sentido y el sin sentido, la singularidad del más allá de toda racionalidad biológica de acuerdo a fines y la extraña paradoja lógico-ética que constantemente corroen  al sujeto.  En la  articulación  de estos espacios  se esconde a mi juicio la difícil comprensión  de la afirmación freudiana acerca de que el complejo de Edipo es el complejo nodular de las neurosis. Afirmación que nos hace una y otra vez preguntarnos por el sujeto que se identifica desnaturalizándose como un sujeto que antes no fue y después no puede ser , y que se identifica con quien le señala la dirección de su deseo como de imposible realización . Porque al fin y al cabo ser humano es no poder terminar de ser. Por eso estoy tentado de citar otra vez como tantas a S.Zizec  en su Subversión del sujeto (Zizec 1999) cuando nos dice ¿tal vez contra Sartre?   que el estatuto mismo del sujeto  humano no es la elección entre el bien y el mal , ya que en la medida en que se es humano ya se ha elegido el mal.  Y quiero entender por eso la forzada elección que se ha debido hacer para entrar en el estatuto de los ideales del yo y del superyó aceptando nuestra maldad edípica.

Jaime I. Szpilka, Madrid, enero de 2006.

 

 

Resumen

Intentamos mostrar como después de un loable propósito  de naturalizar al psicoanálisis que Freud realizó en el Proyecto para una psicología científica, fue sin embargo desarrollando un progresivo camino de desnaturalización subjetiva que se destaca sobre todo en Introducción del Narcisismo, Más allá del principio de placer  e Inhibición síntoma y angustia. Esa desnaturalización ha tenido importantes efectos en la comprensión de la significación, de la pulsión de muerte y de la paradoja ética que atraviesa al sujeto humano, una complejización   que evidencia  las marcas de la hominización que produjo en el sujeto natural el obligado pasaje por  lo que Freud  consideró como  el complejo nuclear de las neurosis, el complejo de Edipo.

 

 

Palabras clave

Naturaleza, desnaturalización subjetiva, significación, sentido, sin sentido,racionalidad biológica de acuerdo a fines,  pulsión, paradoja lógica, paradoja ética.

 

 

Summary

We try to  describe that after a remarkable propose  to naturalize psychoanalysis in the Project for a scientific psychology Freud developed progresively a non naturalización of the human subject, overall in his papers On Narcissism , an introduction, Beyond the pleasure principle and Inhibition, symptom and anxiety. This non naturalization had important efects in the understanding of the concpets of signification, death instinct and in an ethical paradox that cross all the human being, a complexization that evidence the marks that hominization  produced in the natural subject in the unavoidable passage trough wath Freud considered the nuclear complex of the neuroses, the Edipous Complex.

Damasio A, (2005) En busca de Spinoza. Ed. Crítica. Barcelona,2005.

Ferrater Mora J. (l971) Diccionario de Filosofía . Ed.Sudamericana.Bs.As,l971.

Freud S. (1895) Project for a scientific psychology. S E. Vol.I

(1910) The psychoanalytic view of psychogenic disturbance of vision.S.E.Vol. XI

(1914) On Nrcissism, an introduction. S.E. Vol.XIV

(l919) A child is being beaten. S.E. Vol.XVII

(l920) Beyond the pleasure psinciple. S.E. Vol. XVIII

(1923) The infantil genital organization. S.E. Vol.XIX

(1924) The economic problem of masochism S.E. Vol. XIX

(1925) Negation. S.E. Vol.XIX

(1926) Inhibitions, symtoms and anxietyS.E. Vol XX.

(l930) Civilization and its discontents. S.E.Vol.XXI

Juranville A. (l984) Lacan et la philosofhie.PUF-Paris, 1984.

Kojeve A. (l933 a l939) Lecons sur la phénomenologíe de L’esprit.Gallimard.Paris,1979.

Lacan J. (l966)La signification du fhallus. Ecrits. Paris,1966

Szpilka J. (1999) Apéndice a reflexiones sobre Más allá del principio de placer. Rev.Psicoanálisis.APM.26

(2002) Creer en el inconsciente.Síntesis. Madrid,2002.

(2002) Some thoughts on psychoanalysis and ethics. IJPA.Vol.83.Londres.

Artículos

Szpilka, Jaime. Psicodinámica familiar y enfermedad mental : Investigación psicosocial de un grupo de pacientes del servicio psiquiátrico de un Hospital General

En: Acta Psiquiátrica y Psicológica Argentina. — Vol. 8, no. 1 (mar. 1962). — Bueno Aires : Fondo Julián Cortazar, 1962. — p. 37-41

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Szpilka, Jaime. Notas sobre tiempo, espacio y encuadre

En: Revista Argentina de Psicología. — Año 1, no. 2 (diciembre 1969). — Buenos Aires : Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, 1969. — p. 37-41

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Szpilka, Jaime. ¿La función sintética del yo?

En: Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados : Revista. — no. 26 (2000). — Buenos Aires : Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, 2000. — p. 19-34

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Szpilka, Jaime. Razón y verdad, una perspectiva psicoanalítica

En: Revista de Psicoanálisis. — Vol. 51, no. 1-2 (1994). — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 1994. — p. 129-148

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Bernardi, Ricardo. Diálogo entre analistas: cuestiones del psicoanálisis / Green, André, Szpilka, Jaime

En: Revista de Psicoanálisis. — Vol. 50, no. 4-5 (1993). — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 1993. — p. 735-750

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Szpilka, Jaime. Metapsychology and the narcissistic wall=Metapsicología y muro narcisista

En: Psychoanalysis in Argentina : selected articles : 1942 – 1997=Psicoanálisis en Argentina : artículos seleccionados : 1942 – 1997 / Asociación Psicoanalítica Argentina. — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 1997. — p. 374-388

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Szpilka, Jaime. Metapsicología y muro narcisista

En: Revista de Psicoanálisis. — Vol. 53, no. 1 (1996). — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 1996. — p. 195-213

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Szpilka, Jaime. La pulsión de muerte y el malestar en la cultura

En: Revista de Psicoanálisis. — Vol. 58, no. 1 (ene.-mar. 2001). — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 2001. — p. 11-21

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Szpilka, Jaime. La desautorización del inconsciente como órgano ético en la estructuración perversa

En: Revista de Psicoanálisis. — Vol. 64, no. 2 (junio 2007). — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 2007. — p. 225-245

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Szpilka, Jaime. Complejo de edipo, pulsión de muerte y reacción terapéutica negativa

En: Revista de Psicoanálisis. — Vol. 65, no. 2 (junio 2008). — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 2008. — p. 333-355

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Szpilka Jaime ,Edipo temprano, Nachträglichkeit y conflicto psíquico.

En Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, Año II,Num-3, 1982.Pag.4-21

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Szpilka Jaime, Edipo precocce, efetto retroattivo e conflitto psichico.

En Rivista di Psicoanalisi.Anno XXXI, No.I.1985, pag.34-59

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Szpilka Jaime., Attualita di “Analisi terminabile e interminabile”

En PsicoanalisiVol.2,No.I. 1998

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Szpilka Jaime Reflexiones a partir de Freud sobre la represión primaria ( en el original en francés y con una discusión de Serge Cottet). En Ornicar, No.51.2004.pag.105-123. Paris

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Artículos publicados en la revista de la APM

 

Núm 8 1988 Sobre el psicoanálisis y ciencia. Nuestras bases comunes: la crisis del significado
Núm extraordinario 1989 Acerca de la sublimación y del malestar en la cultura
Núm 12 1990 Reflexiones psicoanalíticas acerca de las psicosis
Núm 14 1991 Algunos obstáculos en la transmisión del Psicoanálisis
Núm 16 1992 El deseo inconsciente y el objeto del psicoanálisis
Núm 22 1995 En torno a la Psicopatología del Proyecto de psicología
Núm Extra 1995 La sublimación
Núm 23 1996 El sujeto psicoanalítico y su palabra
Núm 26 1997 Reflexiones en torno a Más allá del principio de placer
Núm 27 1998 Apuntes sobre Introducción al Narcisismo
Núm 29 1999 Apéndice a Reflexiones sobre Más allá del principio de placer. Lo ligado y lo no ligado
Núm 32 2000 Transferir
Núm 41 2004 Reflexiones sobre las dos tópicas freudianas
Núm 47 2006 Freud y las desnaturalizaciones subjetivas
Núm 57 2009 Reflexiones sobre el concepto de Nachträglichkeit

 

Szpilka Jaime, La ley natural, la ley psicoanalítica y la invención de la nada.

En prensa, Revista de Psicoanálisis de la A.P.M. Madrid

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Szpilka Jaime, Deseo de filosofía, deseo de psicoanálisis

En prensa, Revista de Psicoanálisis de la APM. Madrid

 

 

Libros en colaboración

 

Szpilka, Jaime. Sobre psicoanálisis y ciencia. Nuestras bases comunes: la crisis de significado

En: Psicoanálisis y ciencia / comp Wagner, Alejandro M. — Buenos Aires : Dunken, 1997. ISBN: 987-95089-9-8. — p. 213-225

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Grinberg, León. Yo y self : su delimitación conceptual / Cvik, Juana Liniado de, Cvik, Natalio, Gioia, Terencio Bernardo, Guiard, Fernando E., Perrotta, Adalberto L.A., Rabih, Moisés, Raimondi, Rubén S., Stein, Gerardo, Szpilka, Jaime

En: El proceso analítico : transferencia y contratransferencia : aspectos teóricos y clínicos / Symposium de la Asociación Psicoanalítica Argentina, 10; Congreso Interno, 2. — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 1966. — p. 149-150

Resumen del trabajo original.

Publicado también  en: Prácticas psicoanalíticas comparadas en niños y adolescentes, Paidós, 1977 y en Revista de Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica Argentina, v. 23, n. 3, 1966.

Autores-Tema: Jacobson, Edith; Wisdom, John O.

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Rascovsky, Arnaldo. Consideraciones sobre la transferencia-contratransferencia de los estados maníacos / Rascovsky, Matilde W. de, Aray M., Julio, Argüelles, Susana, Lustig de Ferrer, Elfriede Susana, Horne, Bernardino, Kalina, Eduardo, Simoes, Gilberto, Szpilka, Jaime, Winocur, Jorge O., Voss, Hans

En: El proceso analítico : transferencia y contratransferencia : aspectos teóricos y clínicos / Symposium de la Asociación Psicoanalítica Argentina, 10; Congreso Interno, 2. — Buenos Aires : Asociación Psicoanalítica Argentina, 1966. — p. 340-341

Resumen del trabajo original.

Publicado también en: “Niveles profundos del psiquismo”, Buenos Aires : Sudamericana, 1971.

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Szpilka, Jaime. Los mecanismos de defensa como “defensa maníaca” y su relación con la esquizofrenia y la psicosis maníaco-depresiva

En: Psicoanálisis de la manía y la psicopatía / Rascovsky, Arnaldo. — Buenos Aires : Paidós, 1966. — p. 91-95

Publicado también en: “Manía y psicopatía”, Simposium de la Asociación Psicoanalítica Argentina, v. 1, 1964.

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Szpilka, Jaime. Consideraciones sobre el marco y el proceso psicoanalítico en la psicosis

En: Niveles profundos del psiquismo / Rascovsky, Arnaldo. — Buenos Aires : Sudamericana, 1971. — p. 93-132

Publicado también en: Revista de Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica Argentina, tomo 24, n. 4, 1967.

Autores-Tema: Bleger, José; Rascovsky, Arnaldo

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Rascovsky, Arnaldo. Consideraciones sobre la transferencia-contratransferencia en los estados maníacos / Rascovsky, Matilde W. de, Aray M., Julio, Argüelles, Susana, Lustig de Ferrer, Elfriede Susana, Horne, Bernardino, Kalina, Eduardo, Simoes, Gilberto, Szpilka, Jaime, Voss, Hans, Winocur, Jorge O.

En: Niveles profundos del psiquismo / Rascovsky, Arnaldo. — Buenos Aires : Sudamericana, 1971. — p. 167-192

Publicado también en: Simposium de la Asociación Psicoanalítica Argentina, 10, Buenos Aires, 1966.

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Szpilka, Jaime. Sobre los cambios en APA en 1974 : a Madeleine Baranger, Willy Baranger y Jorge Mom, que fueron el verdadero espíritu del cambio de 1974 en APA

En: 60 años de psicoanálisis en Argentina : pasado – presente – futuro / ed Comisión de Publicaciones de la Asociación Psicoanalítica Argentina. — Buenos Aires : Lumen, 2002. ISBN: 987-00-0297-8. — p. 171-179

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Szpilka, Jaime. Psicodinámica familiar y enfermedad mental

En: Psicoterapia de pareja y grupo familiar con orientación psicoanalítica / Berenstein, Isidoro. — Buenos Aires : Galerna, 1970. — p. 157-181

rb.

Año Tit. Orig.: 1962

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Szpilka Jaime, Géopsychanalyse. Los subterraneos de la institución( en el original en francés) El edipo precoz, el Edipo Freudiano y la Nacträglichkeit. Comp. Rene Major. Paris.1981

Materia. Un encuentro psicoanalítico latinoamericano-francés sobre el psicoanálisis en las instituciones.

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Szpilka Jaime, 14 conferencias sobre el padecimiento psíquico y la cura psicoanalítica.  El complejo de Edipo como razón del conflicto psíquico.Pag.35-45 Comp. Enriqueta Moreno. Ed.  Biblioteca Nueva. 1998. Madrid

Materia. Curso en la Universidad de verano de el Escorial sobre psicoanálisis

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Szpilka Jaime, Defensa y represión, e Inconsciente. Pag. 61-93 En Diccionario de conceptos freudianos.Editores, Vicente Mira, Piedad Ruiz y Carmen Gallano Ed. Síntesis, Madrid 2004

Materia. Un diccionario completo de los conceptos freudianos más importantes.

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Szpilka Jaime, Reflexiones sobre la neurosis obsesiva en Hamlet. Hamlet, compilador,pag.85-110. Carlos Sopena. Ed. Síntesis, Madrid 2004

Materia. Una serie de estudios psicoanalíticos sobre Hamlet de Shakespeare.

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Szpilka Jaime, El libro de Serock..pag.265-273. El libro de Serock, historias imborrables. Silvio Gutkowsky. Ed. Memoria y trascendencia. Bs.As. 2010.

 

Libros propios publicados

 

1973. Jaime Szpilka, Bases para una psicopatología psicoanalítica. Ed. Kargieman. Buenos Aires

1979. Jaime Szpilka. La teoría psicoanalítica y los esquemas referenciales. Ed. Trieb. Buenos Aires

1979. Jaime Szpilka. La realización imposible. Ed. Trieb. Bs.As.

1988. Jaime Szpilka. La cura psicoanalítica. Una palabra de amor. Ed. Tecnipublicaciones. Madrid

2002. Jaime Szpilka. Creer en el inconsciente. Ed. Síntesis. Madrid

2009. Jaime Szpilka junto con Rodolfo Moguillansky. Crítica de la razón natural. Ed. Biebel. Buenos Aires

2013. LaTzibeles. Ed, MenteCata, Madrid.

2014. La razón psicoanalítica, una razón edípica. Ed. MenteCata, Madrid.